Por Eduardo Swanson1
María Esther, mi suegra, vive en El Paso, Texas. Dos de sus hijos viven en Ciudad Juárez, a unos cuantos kilómetros de distancia. Históricamente, visitar a la familia al otro lado de la frontera ha sido una actividad cotidiana para quienes habitamos esta región. Sin embargo, hoy mis cuñados prefieren no cruzar a Estados Unidos. Sus hijos nacieron en El Paso y temen que, al intentar ingresar a ese país, las autoridades migratorias estadounidenses les retiren sus visas.
Nadie les ha prohibido visitar a su madre. Sus documentos están vigentes y los puentes internacionales permanecen abiertos. Pero el miedo les ha impuesto una restricción que antes no existía. Actualmente ella es quien debe trasladarse a Ciudad Juárez para reunirse con sus hijos, a pesar de sus condiciones de salud que hacen más difícil el trayecto.
Esta situación me ha llevado a reflexionar sobre algo que durante tantos años de vivir en Ciudad Juárez se ha vuelto una costumbre: la posibilidad de cruzar la frontera para mantener relaciones familiares, visitar amigos o realizar actividades cotidianas. Es sabido que cruzar a Estados Unidos no constituye un derecho legal para quienes tenemos una visa de visitante; sin embargo, los fronterizos hemos construido una forma de vida alrededor de esa posibilidad.
Juárez y El Paso mantienen relaciones familiares, comerciales, culturales y sociales que difícilmente pueden comprenderse si las dos ciudades se observan como territorios separados. Sin embargo, esas relaciones dependen de condiciones sociales, políticas y jurídicas que pueden cambiar de un momento a otro. La misma frontera que durante años ha facilitado encuentros familiares puede convertirse en un obstáculo para su realización.
Lo más inquietante es que no siempre hace falta una prohibición expresa. La incertidumbre también puede limitar nuestras decisiones. Cuando una persona deja de cruzar por temor a perder su visa, el control fronterizo comienza a operar incluso antes de que intervenga un agente migratorio. No es una restricción impuesta directamente a esa persona, sino una decisión que ella misma toma frente a la posibilidad de una sanción con consecuencias adversas.
Esto plantea una pregunta sobre los límites del poder estatal. Si bien cada país tiene facultades para establecer sus políticas migratorias, ¿hasta qué punto deberían considerarse las consecuencias de esas políticas sobre las relaciones familiares y las formas de convivencia que se han construido históricamente en las regiones fronterizas?
En mi experiencia, vivir en Ciudad Juárez significa habitar una ciudad cuya cotidianidad está profundamente relacionada con otra situada al norte del río Bravo. Pero esa cercanía no garantiza que podamos mantener nuestros vínculos sin obstáculos. Las decisiones tomadas desde los centros de poder pueden transformar, de manera inesperada, las posibilidades de encuentro entre personas que viven a pocos kilómetros de distancia.
Mayte continúa viviendo en El Paso y sus hijos siguen en Ciudad Juárez. La distancia entre ellos no ha cambiado. Los puentes permanecen abiertos y sus visas siguen vigentes. Sin embargo, ahora es ella quien debe cruzar para reunirse con su familia. Tal vez una de las formas más dolorosas en que se manifiesta el poder de una frontera sea precisamente esa: cuando nada nos prohíbe cruzarla, pero el miedo termina decidiendo por nosotros.
Referencias
Rodríguez Ortiz, Roxana. Epistemología de la frontera. Modelos de sociedad y políticas públicas. México: Ediciones Eón, 2014.
- Eduardo Swanson, doctorante en Filosofía con acentuación en Hermenéutica y Estudios Socioculturales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Su proyecto de investigación versa sobre ciudadanía y participación en las ciudades fronterizas. Actualmente realiza una estancia de investigación con la Dra. Roxana Rodríguez Ortiz en la UACM. ↩︎

Deja un comentario