Estudios Fronterizos

Por Eduardo Swanson1

Después de haber vivido por más de cinco décadas en Ciudad Juárez, he dejado de ver la frontera simplemente como una línea fija que separa dos naciones y que queda atrás una vez que se ha cruzado al país vecino. La frontera se mueve, viaja conmigo y me acompaña durante todo el trayecto hasta que regreso a “mi ciudad”. En el “otro lado”, la sensación de no pertenecer no desaparece aunque el trato sea cordial, la ciudad conocida y el idioma común. En El Paso siempre seré un juarense, un mexicano o un latino en calidad de visitante, pero jamás un “paseño” o un estadounidense.

No pertenecer no significa necesariamente ser rechazado. Durante años he cruzado a una ciudad que conozco bien y en la que puedo desenvolverme cómodamente. Sin embargo, siempre sé que estoy “allá”. Hay una diferencia entre estar en un lugar y pertenecer a él. Para mí, la no pertenencia es precisamente esa conciencia de encontrarme en un espacio cercano y familiar que, sin embargo, no reconozco como mío y que tampoco me reconoce como uno de los suyos.

Para Étienne Balibar, la frontera exterior puede reproducirse como una frontera interior. La exterior es evidente cuando cruzo de Juárez a El Paso: está el río, el puente, el muro, los documentos y los agentes migratorios. Esta frontera separa dos territorios y delimita la jurisdicción de dos Estados. Pero la frontera no desaparece después de presentar mis documentos y pasar la garita de revisión. Reaparece de maneras menos visibles en la nacionalidad, el estatus migratorio, el idioma, el color de la piel, el lugar de origen, el apellido o las costumbres. Es ahí donde entiendo la frontera interior de la que habla Balibar: una separación que ya no necesariamente impide cruzar un territorio, pero que establece diferencias entre quienes son reconocidos como miembros de una comunidad y quienes permanecen, en algún grado, fuera de ella.

Imagen: Skyline Juárez-El Paso. Fotografía de Rosalesmx, Wikimedia Commons. [Licencia Creative Commons correspondiente].

Roxana Rodríguez identifica la frontera México-Estados Unidos como una “zona de convivencia fronteriza”, un territorio en el que comunidades de países distintos mantienen intercambios comerciales, culturales, simbólicos e históricos, pese a la delimitación geopolítica y los controles de seguridad. Esa descripción corresponde a la frontera que vivo a diario. Juárez y El Paso conviven todos los días. Familias, amistades, empleos, compras, negocios, tradiciones y costumbres cruzan constantemente de un lado al otro. Pero convivir no significa necesariamente pertenecer.

La frontera también funciona en una escala local y simbólica. Las diferencias de identidad, lenguaje, costumbres y cultura pueden seguir delimitando espacios aun después de haber cruzado la línea territorial. Lo observo en ambos lados. Palabras como “gringo”, “paseño”, “pocho”, “mojado”, “juarense”, “chihuahuita”, “norteño”, “chilango”, “sureño”, “inmigrante” o “indocumentado” pueden parecer simples maneras de identificar a alguien. Sin embargo, dependiendo de quién las pronuncie y en qué contexto, también revelan la forma en que clasificamos al otro y qué grado de pertenencia estamos dispuestos a reconocerle.

Estas fronteras no existen solamente entre Juárez y El Paso. Las encuentro dentro de mi propia ciudad. Ciudad Juárez ha recibido durante décadas a personas provenientes de distintos lugares, algunas para establecerse y otras como parte de su trayecto hacia Estados Unidos. Estar físicamente en Juárez, sin embargo, tampoco garantiza pertenecer plenamente a ella. El origen, el acento, la condición económica o migratoria pueden convertirse en límites simbólicos que distinguen entre “nosotros” y “ellos”. La frontera exterior delimita territorios; las interiores pueden acompañarnos dentro de ellos.

Quizá después de tantos años viviendo aquí, lo que más me ha enseñado la frontera es que cruzarla no significa necesariamente dejarla atrás. Algunas fronteras pueden verse y otras solo pueden sentirse. Las primeras se levantan entre países; las segundas aparecen en nuestras relaciones, en nuestras palabras y en nuestra manera de reconocer al otro.

Las fronteras pueden separar países y delimitar territorios, pero no deberían determinar el valor, la dignidad o la posibilidad de participar de quienes están en uno u otro lado. Tal vez vivir en la frontera consista, precisamente, en aprender que siempre estamos más cerca del otro de lo que nuestras fronteras nos hacen creer.

Referencias

Balibar, Étienne. Ciudadanía. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2013. Cap 5, “Ciudadanía y exclusión”.

Rodríguez Ortiz, Roxana. “Epistemología fronteriza”. Roxana Rodríguez Ortiz. Epistemología fronteriza

  1. Eduardo Swanson, doctorante en Filosofía con acentuación en Hermenéutica y Estudios Socioculturales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Su proyecto de investigación versa sobre ciudadanía y participación en las ciudades fronterizas. Actualmente realiza una estancia de investigación con la Dra. Roxana Rodríguez Ortiz en la UACM.  ↩︎