Estudios Fronterizos

Por Ulises Vladimir González Bravo1

Haber colaborado estas últimas semanas en el albergue temporal para familias migrantes llamado CAFEMIN fue una experiencia positiva que me dejó un aprendizaje enriquecedor, pues me permitió interactuar con personas de alrededor de seis países distintos, principalmente de Venezuela y Honduras, y observar su rutina en el albergue.

Puedo decir con honestidad que no sabía cabalmente cómo operaba un albergue de esta magnitud. Por eso, el primer día me encontraba algo desconcertado al dirigirme a sus instalaciones. Pero la explicación que me brindó la hermana Magda (la persona responsable de este lugar) fue de gran utilidad porque me dio un panorama más amplio sobre estos sitios de asistencia y aclaró todas mis dudas.

Cabe decir que este albergue fue habilitado para alojar mujeres, personas LGBTQ+ y menores de edad. Solo reciben hombres en compañía de su familia. Cuando llegan hombres no acompañados, los envían a Casa Tochan, aunque después me enteré de que años atrás sí los aceptaban en CAFEMIN.

Este aspecto positivo del albergue me agradó desde un inicio porque pude notar que es un espacio donde se dignifican los derechos de las mujeres migrantes, quienes regularmente son el sector más vulnerado durante el tiempo que dura su éxodo. Para ello, este centro de acogida les ofrece constantemente asesorías y pláticas en pro de la defensa de sus derechos, así como actividades de desarrollo psico-emocional y apoyo psicológico para quienes lo requieran.

También pude ver que los padres/madres de familia se encuentran laborando, tanto en el interior del albergue como en el exterior, gracias a que desde ahí les ayudan a gestionar su acceso al sector laboral; asimismo, la mayoría de las mujeres que pasan el día al interior del centro están capacitándose dentro de los talleres de formación para el autoempleo o en algunas actividades recreativas que dirigen las hermanas, lo que muestra que las personas migrantes no son delincuentes que puedan amenazar la tranquilidad de los mexicanos, ni una carga económica para el país.

Vale la pena mencionar que CAFEMIN realiza labores de incidencia, una de ellas y quizá la más importante fue lograr que los niños y adolescentes puedan ser aceptados en las escuelas públicas y revalidar sus estudios, por lo que esta ardua labor es digna de reconocer.

Recuerdo que la primera semana fue muy fructífera ya que desde el día que llegué al albergue pude apoyar en diversas actividades y conocer a las personas que se encuentran viviendo en dicho centro, pero lo más emocionante fue al momento de ingresar al servicio de cocina pues tuve el privilegio de conocer al gran cocinero de este albergue. Sí, a Musso, un hombre alegre de 43 años de edad, de una enorme calidad humana que me enseñó la dinámica de este servicio, a quien le agradezco inmensamente todo su apoyo y su paciencia durante el tiempo que estuve en el albergue.

Cabe confesar con toda seguridad que desde un inicio me acoplé y me gustó trabajar con él, lo mismo que con Magali, otra extraordinaria cocinera, y con la hermana Conchita, pues a pesar de convivir solo cuatro días con esta hermana, pude ver y sentir que es una persona llena de grandes virtudes.

A Magali la pude conocer mejor durante las últimas semanas y saber que es una persona muy respetuosa, un gran ser humano. Además, gracias a su gran talento y habilidad para la cocina pude conocer y probar las deliciosas pupusas: unas tortillas redondas algo infladas y rellenas de chicharrón y queso fundido muy similares a las tradicionales gorditas que se consumen mucho aquí en la ciudad, lo cual le agradezco bastante.

Otro evento importante que presencié la primera semana fue la representación del viacrucis migrante de Semana Santa, pues aunque no tenía conocimiento al respecto, me gustó porque se pudo sentir y vivir de cerca todo el sufrimiento y las adversidades que enfrentan las personas migrantes durante su recorrido. Esta representación estética de las estaciones del viacrucis es bastante significativa porque les permite reencontrarse con ellas mismas y sensibilizar a quienes no hemos vivido directamente una experiencia similar.

Algo que me dejó bastante sorprendido fue la impresionante cantidad de venezolanos que han llegado al país y no sé por qué, si ya sabía que desde años atrás vienen abandonando su país, pero ahora que lo vi de cerca sentí esa experiencia de asombro, pues estadísticamente han superado a los flujos de otras naciones.

Después de haber apoyado a la hermana Tina, encargada del área de hospitalidad, pude valorar la ardua labor humanitaria que realizan las hermanas y todo el personal en general para brindarles refugio, alegría y tranquilidad a las personas que residen en este lugar, así como el apoyo diario que realizan con las personas del campamento que se encuentra a unos metros del albergue.

Me sentí muy contento y satisfecho de haber colaborado en la cocina de este centro de acogida con las personas referidas, sobre todo porque en las últimas semanas también conocí a la hermana Pretta, originaria de la India, una persona con una enorme riqueza cultural y lingüística, y lo más importante: muy solidaria. Esta experiencia fue una bonita lección porque aprendí que en la cocina también se manifiesta de formas distintas la interculturalidad.

Un gran placer haber trabajado con ellos, y muy agradecido con la hermana Magda, con Gerardo y con todo el personal que siempre fue muy amable por permitirme colaborar en este espacio aunque sea por un tiempo muy breve.

  1. Ulises Vladimir González Bravo es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas de la UACM e integrante del grupo de investigación Estudios Fronterizos. Este texto forma parte de su investigación sobre migración, ética, filosofía y fronteras y las actividades realizadas en CAFEMIN forman parte de su servicio social.  ↩︎