Las fronteras geopolíticas se presentan ante la población mundial como una fortaleza inasequible, ininteligible. Contradictoriamente, los seres humanos necesitamos y no de las fronteras; son esenciales para protegernos, como una vacuna que nos inmuniza de la enfermedad del mundo, de la pobreza, de la carencia, del terror; las rechazamos como un cuerpo autoinmune, cuando consideramos que condicionan nuestra libertad de pensamiento, de movilidad, de consumo, de elección.
Existe una plataforma teorética para pensar las fronteras como límites que se han enraizado en el imaginario social, un andamiaje que, consciente o inconscientemente, alude a una esquizofrenia global e impide observar el fenómeno desde otras perspectivas, que no sean las que el sistema mundo nos vende (Rodríguez, 2014a). Una aporía a todas luces, puesto que al pensarlas como límites condicionamos la propia existencia, la del otro, la de la otra, la de lo otro.
Al estudiar las fronteras como límites creemos que se pueden transgredir, ya sea como una forma de resistencia o de rebeldía; ya sea como una invitación a intervenirlas artísticamente. A veces estas licencias, que nos otorga el sistema del mundo, forman parte de esa esquizofrenia global para simular un equilibrio en el caos del que se alimenta el tecnocapitalismo. Esquizofrenia que experimentamos recientemente con el confinamiento mundial, mandato condicionado de prácticamente todas las democracias occidentales para evitar la propagación del virus SARS-CoV-2, comando al que nos ceñimos sin chistar por miedo a enfermar, a morir.
El texto que presento a continuación, por lo tanto, consiste en una serie de conclusiones a las que pude llegar después de reflexionar con colegas de diferentes países en diversos foros virtuales, incluyendo el reciente Seminario Permanente de Estudios Fronterizos “Fronteras y migraciones. Epistemologías, teorías y metodologías diferenciadas, encuentro enfocado en la necesidad de proponer teoría y metodología diferenciada que abone, por ejemplo, a la redacción de política migratoria y/o política fronteriza, especialmente durante y después de la pandemia Covid-19.
Proponer una teoría y una metodología diferenciadas entre los estudios fronterizos y los migratorios es una iniciativa en la trabajo desde hace un par de décadas. Durante estos años pude recorrer fronteras geopolíticas en distintas regiones y continentes (Rodríguez 2016, 2020b); realizar incidencia política a nivel federal y local en México (2013-2018) y proponer una epistemología orientada a la frontera, con la intención de estudiarla como categoría analítica, ya no sólo como fenómeno o acontecimiento.
De ahí que el cierre total de las fronteras, en prácticamente todo el mundo, durante el confinamiento (2020-2022) me permitió replantear tres situaciones que ya había observado anteriormente: la redacción de política fronteriza mexicana es muy limitada (Rodríguez, 2014); no está actualizada a la realidad de los flujos migratorios que se viven en el país desde 2018, desde el ingreso de las caravanas migrantes (Rodríguez, 2020a); el confinamiento, como solución sanitaria de la pandemia Covid-19, puso en el centro de la discusión mundial la necesidad de fortalecer (el control de) las fronteras para sostener la economía mundial. Un robustecimiento que en la Unión Europea se estaba fraguando desde la mal llamada crisis de refugiados sirios (Rodríguez, 2016, 2020b, 2023a).
La primera conclusión, quizá la única que por ahora me interesa proponer, es la siguiente: la frontera se puede estudiar indistintamente de la migración, sabiendo de antemano que la movilidad humana no se puede estudiar sin los límites nacionales, puesto que la frontera no es per se la razón instrumental del control de la migración.
La metodología que utilizo para comprobar esta conclusión se deriva de pensar la frontera como una aporía a partir de la experiencia de no-pasar-pasando. Una experiencia que no se limita al cruce de personas, ni a los límites geopolíticos exclusivamente. Es decir, parto de que el borde no es exclusivamente un constructo sociocultural, antropocéntrico, donde el hombre (el ser humano) es el único que puede condicionar —en nombre de la ciudadanía, la soberanía y el territorio— el tránsito de los otros seres (vivos-no-vivos, humanos-no-humanos).
Citar cómo
Rodríguez Ortiz, R. (2024). La frontera: aporía de la experiencia de no-pasar. En Ramírez, Alfaro, Stoica (eds.) Fronteras y problemáticas ciudadanas. Universidad Mayor de San Simón.

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