Por Roxana Rodríguez Ortiz
Lo que no se hizo en estos dos años desde el referéndum realizado en 2016 en Gran Bretaña, en el que se apostó por su salida de la Unión Europea, empieza a poner en riesgo la propia lógica (inadmisible) de por qué se optó por cerrar el comercio exterior y recrudecer las leyes migratorias por la escalada de refugiados sirios en el resto de Europa.
Después de mi última estancia en Europa, durante el primer semestre de 2016, un año sin duda de importantes cambios para la región, coincido con Balibar en el segundo aspecto: lo que observé estos meses fue que la ciudadanía social no ha podido resarcir sus contradicciones internas y esto ha propiciado que la población haya alcanzado sus “propios límites históricos” que, en palabras de Balibar, estos límites derivan de “la proliferación de las burocracias y de las instancias jurídicas supranacionales”, y, aludiendo al ejemplo de Europa, afirma lo siguiente:
Esto se ha visto cuando la Unión Europea exigió a sus ciudadanos nominalmente soberanos (pero de segundo grado) que ejerciera su función constituyente según los códigos estatales, mientras que ella misma no es otra cosa que el fantasma de un Estado, puesto que no conlleva ningún elemento de identificación colectiva de veras eficaz y puesto que, por otro lado, a pesar de la crisis económica, no debe enfrentarse a ningún movimiento social generalizado susceptible de transnacionalizar el conflicto político. Una estructura semejante quizás prefigure la forma de supervivencia de la institución estatal de la ciudadanía que se halla ante nosotros, en nuestro porvenir, y representaría de hecho, bajo el nombre de gobernanza, una forma de estatismo sin Estado. (Balibar, 2012: 43)
Años después de que Balibar haya escrito lo anterior, observamos premonitoriamente la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Estaba en Croacia en 2016, en un congreso sobre hispanistas, cuando nos llegó la noticia: un jueves por la madrugada se dieron a conocer los resultados. Muchos de los que estábamos ahí no lo creíamos. Otros, los que a veces se posicionan del lado de los “euroescépticos” afirmaban que esta situación no iba a cambiar en breve el contexto europeo, y, en parte, tiene razón porque pueden pasar hasta más dos años para que el Reino Unido deje de ser parte de la Unión Europea. Especialmente porque la primera ministra británica, Theresa May, ha declarado que las negociaciones con la Unión Europea referente al Brexit iniciarán una vez que su gobierno haya elaborado una hoja de ruta, lo cual puede ser a finales de este año o a principios del otro.
Con los resultados del Brexit, 51% a favor de la salida de la Unión Europea, se barajaron diferentes crisis; primero, se especuló con la financiera, luego con la migratoria, tanto de los países que tienen un alto índice de inmigrantes en Inglaterra, como Polonia, tanto por los emigrantes ingleses que viven en el resto de Europa. Sin embargo, lo que realmente está en juego es el libre comercio de Inglaterra con el resto del mundo, pues una vez fuera de la Unión, el “mercado único” europeo entrará en conflicto por la posible competencia que se pudiera dar entre los Estados miembros e Inglaterra para allanar mercados, como afirma Mario Monti, excomisionado europeo:
Si los Estados miembros y centrales de la UE persiguen acuerdos individuales con el Reino Unido en vez de tratarlo de manera apropiada y colectiva, y si la Comisión se inclina ante la presión de los Estados para reducir sus poderes comunitarios aún más, entonces la UE acabará por rendirse a un sitio naval por parte del Reino Unido en vez de establecer simplemente nuevas y cordiales relaciones con un país que ha decidido navegar de forma separada a otro destino. (Rodríguez-Rata, 2016)
Además de lo anterior, otros dos temas que quedaron pendientes y no eran menores fueron la relación entre Irlanda del Norte, lo mismo que la de Escocia, con la Unión Europea. Ambos votaron por permanecer, pero quedaban sujetos a las condiciones del Brexit. Mientras que la República de Irlanda seguiría siendo miembro de la Unión, situación que alterría el control vigente de la única frontera terrestre que existe entre los estados miembro de la Unión, puesto que la frontera irlandesa, el Área de Viaje Común (CTA en inglés), que comprende el Reino Unido, Irlanda y las islas de Man y el Canal de la Mancha, nuevamente quedarían en manos del gobierno inglés, y al parecer había disposición de ambos gobiernos para no endurecer los controles fronterizos en la zona, aunque lo que preocupaba a una parte de la población era la posible unificación de las Irlandas que, a su vez, pudiera desembocar nuevamente en conflictos internos.
Previo al referéndum tenía mis reservas del resultado dado el ambiente xenófobo que se respiraba en algunos puntos del Reino Unido, provocado, en mucho por la campaña en contra de la Unión Europea emprendida por Nigel Farange, ex-líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), quien en repetidas ocasiones afirmó “La Unión Europea está muriendo”, basando su argumento principalmente en posiciones racistas (antiislámicas particularmente) y homófobas que se observan en un discurso contradictorio, dada su activa participación en el parlamento europeo, pero siempre conservador, y en defensa de la soberanía británica frente al resto de Europa. El póster que presentó un día antes del asesinato de la congresista Jo Cox, defensora de la migración y perteneciente al Partido Laborista, dio muestras de ello, y aunque la sociedad reaccionó indignada, no solo frente al brutal asesinato de la congresista, sino también contra las tácticas mediáticas de Farange, ya era demasiado tarde para revertir el resultado del Brexit.[20]
Además de Farange, ubico a dos personas más que fueron clave en el referéndum británico realizado el 23 de junio de 2016: David Cameron, primer ministro inglés, que presentó su renuncia inmediatamente después de que se dieron a conocer los resultados; y Boris Johnson, exalcalde de Londres, un conservador que también dimitió al poco tiempo. Sin el empuje populista de Cameron para realizar el referéndum no se habría llegado al Brexit, y sin la escuela de Margaret Thatcher para salir más pronto de la Unión Europea, Johnson no habría tenido tanto impacto. No analizaré con más detalle el tema del Brexit porque seguramente se escribirán bastantes libros sobre ello, así como se han llenado las páginas de los periódicos con opiniones en contra y a favor después de los resultados, y sobre todo especulando sobre el por-venir de Europa.
Lo que queda claro es el fracaso de la utopía de las no-fronteras en Europa, una utopía que, como menciona Bauman, “dependerá en última instancia de sus actores”. Al primer corte, el resultado es desfavorable por lo menos en los tres niveles que he analizado: la ciudadanía, el territorio y la soberanía. Se escribirá un capítulo posterior en la historia de la Unión Europea que posiblemente les de la razón a muchos intelectuales que han cuestionado, por un lado, el mal manejo de la toma de decisiones en la Unión Europea, pero que seguirán creyendo que ese esquema es mejor que lo anterior:
Por otro lado, como europeos, debemos hacer todo lo posible para asegurarnos de que la UE ha aprendido las lecciones de este penoso revés, cuyas raíces están en la historia europea reciente, además de la británica. Porque, si la UE y la eurozona no cambian, acabarán devoradas por mil versiones continentales de Farage. Y, con todos sus defectos, la Unión todavía merece la pena. Ya he adaptado anteriormente la famosa frase del gran europeo Winston Churchill sobre la democracia: esta es la peor Europa posible, aparte de todas las demás Europas que se han probado en otras ocasiones. (Garton, 2016)
Desde mi perspectiva, como la de otros teóricos, a raíz de esta crisis que derivó en el Brexit, y en un preocupante aumento de los populismos de derecha en otros países de Europa, es necesario dejar de proponer referéndums, y empezar a replantear el proyecto europeo, con un modelo distinto de sociedad no solo aplicable al interior de sus fronteras, sino también éticamente responsable con los países que son sus aliados estratégicos, pienso en Turquía, Marruecos, por mencionar solo algunos.[21] Es decir, lo que esta sucesión de eventos ha generado se debe revertir en el corto plazo con un proyecto de largo plazo, de otra forma se seguiría parchando la legislación vigente pero sin un rumbo determinado:
It will take a very long march and perhaps other brutal shocks before we arrive at the conjugation and clarification–in the eyes of the majority of citizens, across borders–of the close interdependence between shared sovereignty, transnational democracy, alter-globalisation, the co-development of regions and nations, and exchange among cultures. We are not at that point, and time is running short … All the more reason–if we do believe in Europe, as I do–to continue without relent to explain what is going on. (Balibar, 2016: 116)
Fragmentos del capítulo 3 “La utopía de las no fronteras del espacio Schengen” del libro Cartografía de las fronteras. Diario de campo (Rodríguez Ortiz, 2016),

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