Por Ivonne Hernández Cuevas1
La migración constituye uno de los fenómenos más complejos de nuestra época, abarca tanto la dimensión económica y política, como también una carga simbólica, corporal y ontológica. Más allá de lo que implica el desplazamiento geográfico, migrar también conlleva el reorganizar la propia identidad, negociar con la alteridad y reconstruir el cuerpo social y personal. Desde el punto de la bioética, la migración no puede abordarse simplemente como un problema de acceso a servicios de salud o derechos humanos; abordarlo requiere el comprender los modos en que la vida se transforma en el encuentro con lo extraño.
Para entender un poco esto, el texto de Jean-Luc Nancy El intruso, nos puede ayudar a analizar la experiencia migratoria desde la noción de extrañeza corporal y existencia expuesta. Cuando Nancy afirma que “no deja de ser en algún aspecto una intrusión” (Nancy, 2000, p. 12), describe una experiencia del cuerpo que puede iluminar la vivencia del migrante: un sujeto atravesado por rupturas, desposesión y transformación. Si bien el texto de Nancy se enfoca más en el cuerpo individual, sus categorías nos permiten iluminar las dinámicas sociales y bioéticas de los desplazamientos humanos.
En El intruso, Nancy afirma que su cuerpo se convirtió en “un lugar ajeno” (“Se me volvía ajeno”) tras el trasplante (Nancy, 2000, p.17). La experiencia corporal del filósofo resuena con la del sujeto migrante, dónde el cuerpo es sometido a diversas formas de extrañamiento. La migración, en especial la migración forzada, expone al individuo a procesos de desposesión física: al hambre, la enfermedad, la violencia y el desarraigo emocional. La vulnerabilidad del cuerpo es, en este sentido, una categoría bioética relevante.
La noción de intruso en Nancy nos ofrece una metáfora potente relacionada con la experiencia migratoria. La intrusión no es un evento puntual, sino un proceso continuo. El filósofo señala que el intruso “modifica lo que soy” (Nancy, 2000), una idea que muy bien puede trasladarse a la identidad del migrante y también a las sociedades receptoras.
Con suma frecuencia las sociedades ven al migrante como una irrupción amenazante: como un sujeto que “no pertenece”, que solo altera el orden establecido o que despierta temores económicos y culturales. Esta percepción genera políticas restrictivas, actitudes xenófobas y exclusión social.
El intruso nos permite comprender que la intrusión no debe ser necesariamente algo negativo. Así como el órgano extraño salvó la vida del autor, la diversidad cultural y humana puede aportar vitalidad a las comunidades. Si bien es cierto que la presencia del otro puede transformar, también puede posibilitar nuevas formas de coexistencia.
Ivonne Hernández Cuevas
El sujeto que migra no sólo es visto como un extraño, sino que también puede experimentar la extrañeza dentro de sí mismo. Los nuevos idiomas, las normas sociales, las instituciones y los paisajes se convierten en parte de su vida. Esta transformación, según Nancy, es constitutiva del ser: no existe identidad sin la presencia de lo otro. La migración revela, entonces, que la identidad es dinámica, móvil y permeable, nunca fija ni autosuficiente.
Cuándo Nancy describe que tras su trasplante ya no sabía “quién era el que vivía allí” (Nancy, 2000), podemos decir que la migración produce un efecto semejante: una fractura en cuanto a la identidad. El migrante termina en un punto en donde ya no pertenece al país de origen, pero tampoco se integra plenamente al país de destino.El hecho de migrar implica que el individuo debe de despedirse de una forma de vida y junto con ello también de una forma de ser.
La migración, como en el caso del trasplante de corazón, puede tomarse como un acto de donación y recepción. Esto es visto desde el aspecto en dónde el migrante dona su trabajo, su talento y su cultura a la sociedad dónde se encuentra de acogida. A cambio, espera recibir protección, oportunidades y un sentido de pertenencia. Sin embargo, esta relación de intercambio no siempre es justa o equitativa. Los migrantes a menudo se enfrentan a la explotación, la discriminación y la exclusión social.
La migración, analizada desde la categoría del intruso, propuesta por Jean-Luc Nancy, permite una reinterpretación profunda de los desafíos bioéticos, así como entender que la migración también es una oportunidad para construir un mundo más justo e inclusivo. El migrante no sólo es un sujeto vulnerable, sino también un testimonio viviente de la fragilidad y la interdependencia humana.
Bibliografía
Nancy, J.-L. (2000). El intruso. (Trad. J. Mauri). Buenos Aires: Amorrortu.
- Ivonne Hernández Cuevas es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el seminario de Bioética durante el semestre 2025 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
