Por Imelda Silva Olvera1
La hospitalidad, según Derrida, es mucho más que una simple cuestión de cortesía o educación: en su pensamiento se convierte en un profundo diálogo ético y político donde reflexionamos sobre cómo nos relacionamos con el otro, con aquello que nos resulta extraño.
Derrida aborda este tema desafiando las estructuras convencionales del lenguaje, centrando sus ideas en conceptos fundamentales como la alteridad, la justicia y la responsabilidad. Su obra plantea un contraste entre dos tipos de hospitalidad: la incondicionada, que propone abrirse al otro sin ningún tipo de barreras, y la hospitalidad condicionada, que exige reglas, límites y condiciones legales para aceptar al extranjero.
La idea de hospitalidad absoluta conlleva un desafío enorme: recibir al otro sin expectativas ni preguntas, sin imponer nuestras propias reglas o normas. Pero esta propuesta, por más noble que sea, choca con la realidad. ¿Cómo ofrecer esa hospitalidad sin conservar al mismo tiempo nuestra identidad como anfitriones? ¿Cómo aceptar al extranjero en nuestra casa sin imponerle nuestras normas, nuestro idioma o nuestras costumbres? Derrida conocía estas tensiones de primera mano. Aunque el francés era su lengua materna, también era el idioma del colonizador, un idioma que le daba identidad al tiempo que lo marcaba como forastero. En ese sentido, fue un huésped en su propio idioma, alguien siempre ajeno, aunque también parte de él.
En la actualidad, vivimos una crisis global de hospitalidad. Millones de personas huyen de guerras, persecuciones y desastres medioambientales, buscándose un lugar en países más ricos que, en lugar de abrirles las puertas, les imponen condiciones estrictas. Los campos de refugiados, los procedimientos burocráticos para obtener asilo, las deportaciones y los muros son la prueba de una hospitalidad extremadamente condicionada. Se habla de “gestionar flujos migratorios” o “proteger fronteras”, pero detrás de estas expresiones técnicas se oculta una hospitalidad que apenas existe: el extranjero es admitido solo si cumple ciertos requisitos, si demuestra ser lo suficientemente necesitado o si promete no representar una carga. Esta forma limitada de hospitalidad parece más bien una negación de lo que debería ser. Y, sin embargo, es fácil preguntarse: ¿qué pasaría si un país abriera completamente sus fronteras? ¿No colapsarían su economía, su sistema de bienestar social y su cohesión política?
Desde esta perspectiva, parece que la hospitalidad incondicional no solo es imposible, sino incluso peligrosa. Pero Derrida no busca ofrecernos una solución sencilla; él nos invita a vivir en la incomodidad de esa paradoja. Nos recuerda que, aunque la hospitalidad absoluta sea inalcanzable, sigue siendo esencial aspirar a ella. Esta tensión entre lo posible y lo imposible no debe paralizarnos; al contrario, nos empuja a actuar desde un lugar de apertura y cuestionamiento constante. En el fondo, la hospitalidad no es solo un asunto político o práctico, también es existencial y psicológica.
Abrirle la puerta al otro requiere primero enfrentarnos a nuestra propia capacidad para acoger lo desconocido dentro de nosotros mismos. Y cada vez que miramos al extranjero o decidimos cómo tratamos a quien viene de fuera, estamos enfrentándonos a algo más grande: qué clase de mundo queremos construir. Uno donde las puertas se cierren por miedo o donde se mantengan abiertas a pesar del riesgo.
En este mundo fragmentado, donde el término “extranjero” suele pronunciarse con temor o desconfianza y los muros continúan multiplicándose (ya sean físicos o simbólicos), el pensamiento de Derrida nos interpela profundamente. Nos recuerda que tratar con humanidad a quien llega desde lejos es crucial para definir quiénes somos como especie. Después de todo, todos hemos sido extranjeros en algún momento; todos hemos necesitado que alguien abra una puerta para nosotros.
La hospitalidad verdadera, dice Derrida, empieza allí donde terminan nuestras certezas, en ese lugar incierto entre lo posible y lo imposible. Es ahí donde debemos decidir si vamos a vivir con el corazón cerrado por miedo o con los brazos abiertos hacia lo desconocido. Porque quizá más que un gesto político, la hospitalidad es un acto esencialmente humano: cómo decidimos acoger al otro define el mundo que queremos habitar.
Referencias
Derrida, J. (2008). La hospitalidad (3ra ed.). Buenos Aires: Ediciones de la Flor.
- Imelda Silva Olvera es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el seminario Filosofía de la Cultura durante el semestre 2025 -II, impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
