Por Dariana Ivonne Lizardi Godínez1
La obra de Roxana Rodríguez Ortiz, Cultura e identidad en la región fronteriza México–Estados Unidos (2013), nos invita a trascender la concepción de la frontera como mera línea divisoria. En cambio, la presenta como un espacio dinámico y multifacético donde la identidad se redefine constantemente. La frontera, más allá de muros y desiertos, se revela como un crisol donde convergen y se tensionan lenguajes, culturas y sentidos de pertenencia, exponiendo así la inherente fragilidad de las identidades fijas.
Rodríguez Ortiz nos introduce a una cultura fronteriza que no se limita a una simple mezcla superficial, sino que constituye una forma de pensamiento y una manera particular de habitar el mundo. Esta perspectiva emerge del contacto constante, la fricción y, en ocasiones, el conflicto. En este contexto, la frontera trasciende su definición geográfica para convertirse en un modo de existencia, un punto de inflexión donde la identidad individual se construye en relación con el otro, lo extranjero y aquello que desafía las nociones tradicionales de pertenencia.
La autora destaca que tanto la comunidad mexicoamericana, como la fronteriza, experimentan una identidad definida no por sus raíces, sino por su constante tránsito. En estas comunidades, la identidad no se hereda, sino que se negocia diariamente, oscilando entre lo mexicano y lo estadounidense, lo propio y lo ajeno, el español y el inglés, el deseo de pertenecer y la necesidad de diferenciarse. Esta existencia liminal revela que la identidad no es un destino, sino una práctica continua de resistencia, recuerdo e invención.
Desde una perspectiva filosófica, el texto aborda la profunda noción del ser-frontera como una condición humana contemporánea. Vivir en el borde implica aceptar la inestabilidad del yo y reconocer nuestra constante movilidad entre discursos, cuerpos y memorias. Lo fronterizo se erige así como una metáfora del sujeto moderno: fragmentado, pero a la vez creativo, capaz de transformar el dolor en cultura y el desplazamiento en significado.
Rodríguez Ortiz sugiere que la frontera no solo genera mestizaje, sino también innovación. Propone un pensamiento del “entre”, una ética del encuentro donde el otro no representa una amenaza, sino una oportunidad para reconocer la diferencia. Habitar la frontera implica abrazar el movimiento, la ambigüedad y la contradicción, reconociendo que la autenticidad de toda identidad se forja en relación con la alteridad.
La autora también nos invita a reconsiderar el concepto de comunidad. En el contexto fronterizo, la comunidad no se basa en la homogeneidad, sino en la diversidad de voces, recuerdos compartidos y heridas comunes. No existe una narrativa única, sino múltiples historias que se entrelazan. La comunidad fronteriza se define, por lo tanto, no por lo que excluye, sino por su capacidad de mantener la unidad a pesar de las diferencias, transformando la exclusión en una forma de identidad colectiva.
Este libro nos ofrece una lección que va más allá de lo territorial: la frontera como categoría existencial. Cada individuo habita sus propias fronteras, ya sean culturales, emocionales o simbólicas y es, en esos límites, donde se define nuestra capacidad de comprensión. Rodríguez Ortiz nos lleva a reflexionar sobre cómo vivir en la frontera implica, en cierto modo, experimentar la esencia del ser contemporáneo: un ser marcado por múltiples pertenencias, descentrado y sin un origen único, pero con una profunda capacidad de resignificación.
De esta manera, la frontera deja de ser un límite para convertirse en un espacio de reflexión, donde la filosofía se materializa, la ética se mide en la relación con el otro, la política se entiende desde el desplazamiento y la cultura se manifiesta como resistencia. En la frontera, el ser humano no solo sobrevive, sino que crea nuevas formas de habitar el mundo.
Con sensibilidad y rigor, Rodríguez Ortiz logra visibilizar que la cultura fronteriza no es una versión disminuida de ninguna identidad nacional, sino un acto de afirmación frente al olvido, una apuesta por vivir en el intersticio sin renunciar a la dignidad. Desde esta perspectiva, su texto no solo describe una región, sino que la concibe como una metáfora del mundo contemporáneo, donde todos somos, en cierta medida, seres en tránsito.
Habitar la frontera, entonces, no implica simplemente estar entre “dos mundos”, sino inventar una forma propia de existir en medio de ellos. Es el gesto de quien, consciente de no pertenecer del todo, decide transformar su desplazamiento en fortaleza y su diferencia en lenguaje.
Referencia:
Rodríguez Ortiz, R. 2013. Cultura e identidad en la región fronteriza México-Estados Unidos: Inmediaciones entre la comunidad mexicoamericana y la comunidad fronteriza. Ediciones Eón / UTEP. Link: https://roxanarodriguezortiz.com/2013/09/26/cultura-e-identidad-en-la-region-fronteriza/
- Dariana Ivonne Lizardi Godínez es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el seminario Filosofía de la Cultura durante el semestre 2025 -II, impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
