Caminando con las mixtecas: Carta de una Socioantropóloga

Por: Liliana Martínez1

Recuerdo la primera vez que entré a una reunión de mujeres mixtecas que se encontraban organizando la fiesta patronal del pueblo. Llegué con mi diario de campo, mi grabadora y un montón de preguntas. Pero fue mi torpeza la que habló primero; no sabía si saludar con un apretón de mano y beso en la mejilla, si pasar de largo en el lugar y sentarme sin decir nada, si ofrecer ayuda en la cocina donde estaban iniciando el preparativo de los alimentos. Me sentía observada y esa situación me ponía nerviosa.

La casa era grande, con piso de tierra y paredes sin cemento, pero todo estaba cuidadosamente ordenado. En la mesa había café de olla, pan dulce y un ramo de claveles junto a las imágenes de la Virgen y el santo San Pablo Apóstol. Me sorprendió cómo esos símbolos tienen una vida íntima, doméstica y cotidiana.

Escucharlas hablar mixteco entre ellas y observar cómo cambiaban al español para incluirme en la plática, me hizo pensar en todas las veces que nos enseñaron que hablar “lenguas indígenas” era algo del pasado. Pero ahí estaba yo, en medio de una lengua viva, cálida, que nombraba cosas que el español no alcanza a comprender.

Ese día, mientras me dispuse a ayudar a moler nixtamal, una de ellas, Elizabeth, me preguntó: “¿Y tú qué andas buscando aquí?” La pregunta me descolocó. Pude haber respondido que estaba haciendo trabajo de campo, que quería entender los procesos de migración y la reconfiguración de la cosmovisión mixteca. Pero no lo hice. Me limité a contestar: “Vengo a conocer, a escuchar y a aprender de ustedes”.

El cuerpo como archivo de experiencia

Transcurriendo los días, intentaba realizar entrevistas y me percate de que muchas veces hablaban de “sentirse tristes”, de “tener la preocupación metida”, de “tener el coraje atravesado”. Yo, formada en categorías antropológicas y sociológicas, al principio lo anotaba como metáforas. Pero luego empecé a sentirlo.

Un día regresé de una jornada de campo con el pecho apretado y la espalda entumecida. No había pasado nada grave, solo había escuchado relatos de pérdida, separación con sus padres o de pareja y, sobre todo, el más doloroso, la separación por años de sus hijos. Al día siguiente, una de las mujeres me vio y me dijo: “Te cargaste. Ven, te voy a llevar a limpiar con don Silvano, él es el nahual del pueblo, y te hace una limpia con un huevo y unas ramas, mientras reza”.

En ese momento, preferí solo ver. Y entendí algo más allá del lenguaje académico: el cuerpo en el trabajo de campo no es solo el que observa, sino también el que absorbe, el que sufre y, si se puede, el que sana. La migración también pasa por el cuerpo. No hay neutralidad posible cuando se camina junto a otras mujeres heridas y resilientes.

El tiempo no lineal del trabajo de campo

Yo venía con cronogramas, calendarios de entrevistas, fases y objetivos, pero el trabajo de campo me enseñó otro tiempo. El tiempo de la comunidad no es el de la urgencia institucional, sino el de la siembra, el del duelo, el de las fiestas.

Una mujer no podía hablar porque había fallecido su hija. Otra no quiso hablar de su historia porque decía que le afectaba recordar.

Me tocó esperar. A veces solo acompañar. Recoger silencio y mirar. Estoy intentando comprender que la etnografía no se hace en los tiempos de la tesis, sino en los tiempos de la vida y que muchas veces lo más importante no es lo que se dice, sino lo que se calla.

Liliana Martínez

Estoy intentando respetar el tiempo del dolor, del cuidado y del cansancio. Y también a esperar con mucha ansia, la risa, el canto y el baile. Ese tipo de tiempo también es una forma de conocimiento.

En ese momento entendí que no se trataba de recolectar información, sino de tejer confianza. Y que estar ahí, más allá del discurso académico, requería una disposición distinta: observar sin invadir, sentir sin romantizar, escribir sin capturar.

Aprendí que el trabajo de campo no se hace con grabadora en mano, sino con el cuerpo disponible, los sentidos atentos y la palabra de lo más sencilla. Que ser investigadora social no me situaba por encima, sino al lado. Y que la ética no está en las autorizaciones legales, sino en cómo compartimos el tiempo, la comida, la plática o incluso, el silencio.

Práctica de campo en la Escuela Primaria Ignacio Zaragoza. Comunidad de la Mixteca Alta de Oaxaca

Foto por: Liliana Martínez, 2017

En ese proceso también me encontré conmigo. Me descubrí repensando mi relación con otras mujeres, con el idioma, con mis propias memorias familiares. Me pregunté de dónde vengo, qué he perdido, qué me he negado. Me afectó ver cómo en medio del arraigo emocional, ellas conservaban algo que yo había olvidado, la fuerza de nombrarse desde un “nosotras”, porque el arraigo es político y a la vez, comunitario.

Hubo un momento en que dejé de anotar. Fue ya por la tarde en que varias mujeres conversaban en tu’un savi (la lengua de la lluvia), riendo mientras pelaban elotes y tejían listones para la fiesta. Yo estaba ahí, pero no estaba del todo. No comprendía lo que decían y lo acepté sin ansiedad, sin sentirme incompetente, sino simplemente como alguien que no puede traducir una vivencia que no le pertenece.

Ese momento me enseñó que su lengua no es solo un medio de comunicación, sino una forma de vivir el mundo. Es un anclaje emocional. Yo tenía que aprender a estar presente sin querer capturar. Respetar el silencio como parte del trabajo. Escuchar el ritmo, el tono, los gestos. Entender que no todo lo que se dice es para ser escrito.

Migrando los afectos

Las comunidades que migran lo hacen con todo su ser, con el cuerpo, con lo que dicen, con lo que sienten y recuerdan. Para las mujeres mixtecas que migran este proceso no es solo cambiar de lugar, sino una transformación profunda que involucra su cuerpo, sus emociones, su forma de hablar y su relación con la comunidad.

Caminar no es solo moverse físicamente: también es hacerlo con el corazón (yuku) y con la palabra que da sentido a la vida (tu’un).

Liliana Martínez

Migrar es un cambio que transforma al grupo, pero sin romper su conexión con sus raíces. En la cocina, mientras preparan alimentos tradicionales, las mujeres recuerdan a sus ancestros, piensan en sus sueños, protegen a su familia y toman decisiones en diálogo con la naturaleza.

La migración se vive desde lo colectivo, desde el vínculo con el entorno y con una ética del cuidado que no desaparece al salir de su comunidad, sino que viaja con ellas como protección.

En este cruce de caminos, se forma una frontera interior: no es una ruptura total, sino una transformación. Es un espacio donde las mujeres negocian lo que se llevan y lo que dejan, lo que aprenden y lo que resisten. Esta frontera es un lugar donde las prácticas mesoamericanas, sus símbolos y su conexión con lo sagrado cambian sin perder su esencia. En este proceso, los sentimientos guían, el cuerpo guarda la memoria y la comunidad sigue siendo una forma de estar en el mundo que se adapta sin perder sus raíces.

  1. Liliana Martínez es Socioantropóloga por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y Maestranda en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Sus líneas de investigación se enfocan en: mujeres indígenas, migración, afectos, cuidados y feminismos marxistas. Su trabajo de campo lo ha desarrollado en comunidades mixtecas desde 2017, combinando metodologías participativas y enfoques interseccionales. Así mismo, ha formado parte de Seminarios situados desde una perspectiva de Género. ↩︎