Por: Lucía C. Ortiz Domínguez

12 de noviembre de 2021

Lugar: Albergue de Migrantes, Estado de México

Periodo de observación: 10:30 am a 1:30 pm

Estoy confundida y no soy invisible.

Hace días que no visitaba el Albergue, lo tenía en mente pero la gripe de mi hijo nos obligó a guardarnos en casa. Tenía que ir a entregar unas donaciones de ropa y leche en polvo que me habían hecho llegar. Este día pude ir por la mañana. Decidí vestirme con unos pants deportivos por el frío que ha estado haciendo en la ciudad. Iba contenta y temerosa a la vez, me preocupaba no encontrar los rostros que han familiarizado mis visitas los últimos meses. Estacioné el carro frente al Albergue y vi caras nuevas. Me dio temor. Entré. Para mi fortuna estaban quienes guardaba en la memoria, aunque también había gente nueva. Sobre todo, niñas, niños y mujeres recién llegadas. Se les nota en la cara; se sienten lejanas, un poco perdidas, con el cansancio en el cuerpo y sin entender lo que pasa, confundidas.

Entré al taller mecánico, Don Armando me dijo que habían llegado nuevos migrantes y podía hacer unas entrevistas. También me contó que iba a Huehuetoca por un migrante menor de edad que dormía en una gasolinera. Mi objetivo no era hacer entrevistas, no llevaba grabadora ni guía, simplemente iba a saludar, a entregar donaciones y a estar. Fue entonces que caminé hacia la cocina. Está al fondo de una gran cochera que funge como Albergue, y está equipada con una estufa y una mesa de madera. Algunos anaqueles cargan ollas y trastes que van mermando día a día. Avisé a las mujeres que llevaba leche en polvo. Inmediatamente se organizaron para ayudar a bajar las cosas del auto. Una de ellas se ofreció a repartirlas “para que a todas les toque”. Volvimos a la cocina y ahí se organizó la distribución. La leche es oro, aunque la mayoría de ellas amamanta, la utilizan como complemento o simplemente para descansar de la lactancia. 

Me senté en el sillón rojo que está al lado de la mesa. La sensación fue de haber llegado a una casa conocida. Estaba relajada, sin ningún plan. No me paré de ahí. 

Foto: El sillón rojo en donde se sentó la muchacha

El sillón es mi punto. Se escucha el barullo de las niñas y niños corriendo por el Albergue, de las madres llamándoles la atención, de las conversaciones telefónicas, música para amenizar la mañana, voces; es cualquier casa cuando comienza el día. Por la cocina pasan los que habitan el lugar, ya sea para calentar agua o a tomar las tortas de huevo que enviaron los restauranteros donantes, o simplemente a ver.  No hay muchas opciones para preparar, como siempre están las canastas llenas de papas que van generando raíces. Como algunos de ellos. El olor es el de siempre, una mezcla de aceite del taller mecánico con jabón, comida, humanos, perfumes, niños, viajes. Los baños están cerca y los más valientes se meten a bañar a pesar de la temperatura del agua. No es desagradable estar ahí.

Se escucha entre las voces, “vino la muchacha y trajo leche”. Las caras conocidas llegan a aquel sillón a narrrar quiénes están y quiénes se han ido. También platican por qué algunos se quedan. Son los papeles los que detienen y los sueños los que mueven. Una niña me cuenta sobre su papá; una mujer me pide una mochila, dice que es para llevar sus cosas. Me presenta a su hijo, un bebé de un año y cachito. Otra mujer come un pescado frito al lado mío, mientras un gato le reclama la cabeza. Nos reímos porque es la parte del pez que más nos gusta a las dos. De repente se escucha un regaño colectivo. No se ha notado mi presencia, quizás es el pants que me puse hoy. Solo bajo la mirada. El regaño termina con un “…y se comen todas las tortas porque ya no nos van a traer nada”. Para ese entonces ya muchas personas se han ido al parque que está a pocos metros del Albergue.

Le pregunto a una de las mujeres si su esposo ya llegó, había salido con la caravana de migrantes de Tapachula a la Ciudad de México. Ella tiene un mes con su hija en el Albergue. Me dice “ya”, mientras lo señala con el dedo. Está sentado en otro lado. Bromean sobre sus pent-house y apartamentos de lujo cuando se refieren a los catres que usan para dormir y que están separados por cobijas de cuadros que aminoran las corrientes del frío nocturno. Llega otra mujer a platicar que tuvo que llevar a su hija a urgencias por lo mal que se puso anoche. Las niñas me abrazan, será porque a veces llevo pinturas y juego con ellas. Me entra la idea egoísta de querer adoptarlas y llevarlas a casa. Me doy cuenta de lo que pienso y me regaño. No estoy siendo justa. Mientras disfruto el momento porque no se si las volveré a ver. Llega otra mujer y me pregunta por mi nombre. Da lo mismo porque me terminará llamando muchacha. Me pregunta sobre lo que hago y le respondo que entrevistas. “Yo te puedo contar por qué estoy aquí”, me dice. La historia es igual a las otras: pobreza, violencia, Honduras, Estados Unidos, México. Le pregunto por sus planes, no sabe qué hacer, está confundida.

Llega quien ha sido el encargado varias veces del Albergue. Me comparte un tamal frito de elote mientras me observa; sabe que mis visitas no son tan azarosas. Al paso de unas horas me pregunta, ¿qué has aprendido hoy? No sé qué contestar, estoy bloqueada. Le pido me dé unos días para meditar la respuesta, no lo convenzo.

Ha pasado el tiempo, te puedo contar que aprendí que no soy invisible.

Me tengo que ir. Es la 1.15 p.m. y debo recoger a mi hijo de la escuela. Cuando digo adiós, me intercepta una persona, un migrante: “ya llevas tiempo aquí”. Una vez más, me preguntan mi nombre y lo que hago. Le explico que soy investigadora y describo qué es eso. No me gusta usar esa palabra, pero no he encontrado otra forma de definir lo que hago. Él me quiere entrevistar. Decido detenerme: “bueno, Lucía, ya te casaste, tienes un hijo, una profesión… ¿cuál es tu propósito en la vida?, ¿cuál es tu plan de vida?, ¿ahora qué quieres hacer?, ¿a dónde quieres ir?” Las preguntas son parecidas a las que yo hago en aquél Albergue, no sé qué contestar. Me deja pensando. No tengo plan, no sé si quiero tener un plan, estoy confundida.