Por Roxana Rodríguez Ortiz
Desde hace varios años, casi cinco, he pensado en la hospitalidad (y la ciudadanía) como un concepto de resistencia creativa para los y las migrantes (cualquier nacionalidad) que cruzan México e intentan llegar y cruzar la frontera de Estados Unidos. Algunas de las inconsistencias que he encontrado, en primer lugar, son las disímiles acepciones teóricas y filosóficas del término entre distintos autores, específicamente entre Kant y Derrida. En segundo momento, la falta de claridad social y política frente a la responsabilidad humanitaria y la hospitalidad. En tercer lugar, la carencia de políticas públicas para afrontar esta situación en los estados de tránsito, salvo en la Ciudad de México, donde existe un programa particular que desafortunadamente no se lleva a cabo. No ahondaré en esta argumentación porque ya tengo un texto escrito sobre ello titulado “Les limites de l’hospitalité à la frontière entre le Mexique et les États-Unis”.
Esta situación no saldría a relucir de los ámbitos académicos o de las organizaciones de la sociedad civil si no es porque con la crisis de refugiados sirios, algunos legisladores, senadores, gobernantes se han pronunciado abiertamente porque México acepte refugiados sirios dada la tradición humanitaria que nos respalda (refiriéndose obviamente a eventos particulares de la historia mundial donde la diplomacia mexicana permitió la entrada de comunidades en exilio, tanto durante la segunda guerra mundial, como en los momentos de las dictaduras latinoamericanas); sin embargo, estos legisladores no solo confunden las diferencias entre eventos históricos, sino que se toman de forma personal los posibles cuestionamientos que la ciudadanía mexicana les hace al respecto.
Por ejemplo, Gabriela Cuevas, presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores en el Senado, ha solicitado que se les permita la entrada al país a 10,000 ciudadanos sirios, y dadas las críticas de la sociedad mexicana frente a la carencia de ayuda humanitaria a los migrantes centroamericanos, justifica su interlocución diciendo que en México no vivimos la tragedia que se vive en Siria.
Declaración que me parece superficial en varios sentidos y sin fundamento argumentativo (sensiblería política). No dudo de los sentimientos y las emociones que se han detonado en las sociedades gracias a las fotografías que han llenado en las últimas semanas las redes sociales sobre la crisis de refugiados. Dudo de las capacidades políticas de quienes se ufanan de ser solidarios y humanitarios sin dar respuesta a las propias necesidades y carencias de la gente a la que representan.
Lo que me hace pensar, en caso de que lleguen esos 10.000 refugiados sirios, ¿cuáles serán sus condiciones de vida en un país como el nuestro? En un país racista, clasista, sin conciencia cosmopolita (aunque algunos quieran creer lo contrario), ¿contamos, como en Europa, con un fondo particular para asegurar una mejor calidad de vida para esos ciudadanos sirios y durante cuántos años? En caso afirmativo, ¿por qué ese fondo nunca se ha puesto a disposición de los migrantes (o refugiados) centroamericanos que también huyen de la violencia perpetrada sistemáticamente por sus gobiernos o por las guerrillas o por las organizaciones criminales?
Estas son solo algunas dudas que seguramente no se contestarán, lo que me sorprende es la poca capacidad autocrítica de los legisladores; así como la doble moral de un sector de la ciudadanía mexicana que hace caso omiso de la violación sistemática de los derechos humanos de los migrantes centroamericanos y de los migrantes indígenas, pero que se vanagloria en las redes sociales de ser solidario con los refugiados sirios. Faltan políticas públicas en muchos sentidos, no solo en papel, sobre todo en su aplicación y seguimiento, mientras eso no exista, seguiremos imaginando una hospitalidad chapucera.

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