Este 20 de enero se cumple el primer año de Donald Trump como presidente (por segunda vez) de Estados Unidos. Un año en el que parte de los gobernantes de América (continente) han mostrado una devoción sin igual por su investidura. Mientras que otros actuaron con cautela, quizá incredulidad, de cara a la brabuconoría a la que nos tenía acostumbradas y, los menos, vieron en este personaje de la política internacional una amenaza para la democracia, el derecho internacional, los derechos humanos, la ecología, la migración, la paz, la explotación de recursos naturales, la intervención, ocupación o anexión de territorios y la economía mundial.
Todos estos escenarios que los escépticos habían imaginado se han hecho realidad. Basta con abrir cada día los periódicos nacionales e internacionales para despertar con lo que parecen ocurrencias de un personaje que no tiene llenadera. ¿Pero son realmente ocurrencias? ¿O a qué responde esta manera de hacer política, basada en un reacomodo territorial dentro del orden mundial, mediante la imposición de una ideología particular?
Lo complejo del personaje de Trump es que pocos saben sus verdaderas intenciones detrás de cada acción. Si bien es cierto que los políticos nos tienen acostumbradas a no dejar ver ni sus emociones ni sus intenciones, aprendemos a leer entre líneas lo que no dicen y en lo que no dicen está la respuesta a lo que hacen. Trump, como dice todo, termina no develando nada. Cada acción de Trump es una reacción en cadena para muchos países, ya no solo México, sino también Venezuela, Colombia, Groelandia, Dinamarca, la propia Unión Europea y Medio Oriente.
La otra complicación es el uso mediático de Trump. Es un personaje del que se habla todos los días en redes sociales, medios de comunicación, artículos académicos. Su presencia contradice el índice de aprobación con el que cuenta actualmente en Estados Unidos, pero ello no ha sido un impedimento para él porque no existe una figura internacional que le haga contrapeso desde el retiro de Angela Merkel en 2021. Mismo año en el que, un 6 de enero, un grupo cercano a Trump toma el Capitolio. El asombro de ese momento nos hizo preguntarnos: ¿quién podría salvar a Estados Unidos de Estados Unidos? Cinco años después, la pregunta es: ¿quién puede salvar al mundo de Trump? Especialmente cuando le quedan tres años más en el poder.
Recientemente empecé a ver una serie en la que una familia polaca-judía, teniendo la oportunidad de irse del país, previo a que Alemania invadiera Polonia, decide quedarse en su casa porque está convencida de que nada le podía pasar (ya habían librado una guerra; la posición geopolítica “los beneficiaba”). La historia del inicio de la Segunda Guerra Mundial nos demuestra que no nos podemos confiar y dejar la situación mundial a la mano invisible, haciendo la analogía con Adam Smith. Especialmente porque la mano invisible no es nada invisible y siempre son muchos los intereses particulares que la sostienen.
