En la cena de fin de año, mi padre, un señor de más de 80 años que ha vivido la película de otro orden mundial, el de la Guerra Fría, dice, mirando al infinito, como lo hace siempre que trae algo que le preocupa: Maduro va a caer pronto. Lo miro desconcertada. No es que no hablemos de política cuando nos reunimos, sino que me sigue sorprendiendo su claridad sobre la política económica internacional. Asiento y confirmo su afirmación.
Hoy, al despertar, como lo hago cada mañana, reviso las redes sociales y el periódico mientras me tomo el primer café del día. La primera noticia: el ataque militar a Venezuela y la aprehensión de Maduro y su esposa, con paradero desconocido hasta esta hora. No lo puedo creer. Empiezo a buscar información y corroboro que es verdad. Leo los comentarios de los presidentes de la región y del mundo, aunque ambiguos en muchos casos, que corroboran la información.
El ataque ocurrió de madrugada. Las motivaciones de Trump para detener a Maduro se sustentan en la lucha contra el narcotráfico emprendida en distintos países de la región, incluyendo México y Colombia. Una lucha que él mismo tipificó como terrorismo —argumentando que el ingreso ilegal de drogas a su país ha provocado la muerte de cientos de miles de estadounidenses, por lo que quienes lideran los cárteles de droga, entre ellos Maduro, son terroristas— y que ha emprendido desde su retorno en enero de 2025 a la presidencia de Estados Unidos .
Si bien es cierto que Estados Unidos ya nos tiene acostumbradas a estas invasiones, no solo en la región, sino también en Medio Oriente. Como en todo, las formas importan. Por ello, el ataque militar perpetrado esta madrugada contraviene el derecho internacional (de las Naciones Unidas o de la Convención de Ginebra de 1949), ya de por sí bastante maltrecho en lo que llevamos de este primer cuarto de siglo. Lo mismo que la propia Constitución estadounidense en la que se indica que el Congreso debe aprobar cualquier acto de guerra.

El ataque de Trump a Venezuela, además de prender las alarmas en todo el mundo, concreta el nuevo orden mundial que se empezó a gestar durante la pandemia. El que dio inicio con la política de seguridad nacional iniciada por el mismo Trump en 2019 durante la pandemia de COVID-19 que implicó el cierre de fronteras como parte del confinamiento mundial. Posteriormente, durante su segundo mandato, esta misma política de seguridad nacional se transforma y toma dos rutas. La primera consiste en la reorganización de las fronteras del comercio internacional. Me refiero específicamente a la política arancelaria impuesta al resto del mundo. Una aporía. Y la segunda, un combo que consiste en controlar las fronteras internas y externas de Estados Unidos, que incluye el control de la migración irregular y la intervención en terceros países en nombre de la lucha contra el terrorismo.
Desde mi perspectiva, este nuevo orden mundial consiste, a grandes rasgos, en un reordenamiento de las fuerzas nacionalistas que, a su vez, provocan un debilitamiento del derecho internacional. La avanzada de la ultraderecha en América Latina, que incluye el reforzamiento de las fronteras territoriales en cada país. Y un retroceso en las incipientes democracias del mundo, con todo lo que ello implica para la precarización de los derechos sociales de la población.
En este momento la población más afectada, sin duda, es la venezolana. Pero no será la única si la avanzada injerencista de Trump sigue ganando aliados y adeptos en la región.
