Andrea A. Rodríguez[1]
“Para vivir en la frontera, debes vivir sin fronteras, ser una encrucijada”, escribía Gloria Anzaldúa en los años ochenta. Las fronteras a las que se refería eran visibles, pero también invisibles y efectivas; difusas y omnipresentes. Fronteras de carácter racial, cultural, de género, de clase y un largo etcétera.
Cito a Anzaldúa porque es casi imposible dejarla de lado cuando se habla de fronteras simbólicas. Junto a ella, hay muches otres que le antecedieron y sucedieron, que visibilizan las diferentes maneras en que las fronteras existen: como límite, encrucijada, punto de encuentro, posibilidad, muerte, contención, confinamiento, explotación, conexión, etc. Venida sin paso. Narrativas fronterizas desde nuestra América (CLACSO, 2023) es un ejercicio que busca dinamitar la idea de que las fronteras sólo son físicas o geográficas.
Como académica e investigadora de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación del Estado mexicano son varias las razones por las que este libro me hizo sentir acompañada e identificada. Enumero algunas de ellas:
- Al menos 40 horas a la semana, mis compañeras y yo, nos encontramos bordeando, estudiando e investigando temas que tienen que ver con personas en contextos de movilidad. Venida sin paso nos resulta alentador porque vuelve a colocar a las personas que estudian desde afuera los temas migratorios, como los sujetos centrales de sus propias historias fronterizas y de movilidad.
- Considero que este libro puede ser el pretexto para promover otra narrativa dentro de los estudios migratorios considerados como formales y/o académicos. De modo que la objetividad con la que realizamos nuestro trabajo tenga la posibilidad de estar abierta a escuchar activamente nuestros propios relatos de vida, nuestras propias historias fronterizas.
- Las personas que nos encontramos realizando estudios migratorios y fronterizos también nos encontramos divididos por una serie de fronteras visibles e invisibles en nuestra existencia personal, más allá de nuestra labor profesional.
- Porque antes de este libro no había pensado de manera tan clara que en mi imaginario, y en el de varias personas que nacimos y habitamos este país, la imagen que aparece cuando mencionamos la palabra FRONTERA es un MURO. Es decir, cuesta mucho pensar en otras formas de relacionarse con el tema migratorio y fronterizo, puesto que nos encontramos conviviendo de forma cotidiana con tarjetas migratorias, estadísticas de devolución, de delitos y una serie de otras situaciones sucedidas a personas en contextos de movilidad. Es por eso que el presente libro abre la discusión y rompe esa línea divisoria entre lo académico y lo literario, por decir algo.
Partiendo de estas cuatro razones, y adentrándonos en los relatos que conforman Venida Sin paso. Narrativas fronterizas desde nuestra América, me gustaría abrir algunas reflexiones y experiencias que se me cruzaron al leer el texto y que puedo clasificar en dos puntos o ejes.
- En primer lugar, me gustaría resaltar la metodología que se utilizó para realizar el libro: la de la escritura autoetnográfica y la convivencia o ruptura que puede tener con la escritura académica o academicista.
- En segundo lugar, la categoría de la Frontera como relato que atraviesa cuerpos y territorios.
Respecto al primer punto, Venida sin paso está constituido por once relatos, resultado de un trabajo de escritura autoetnográfica de las autoras, en donde ellas y ellos se ponen al centro del relato e indagan sentires, emociones, reflexiones sobre su relación con la frontera y con sus procesos migratorios. Como se menciona en el prólogo, dejan en reposo el trabajo académico y se adentran en otro viaje escritural que les permite generar reflexiones profundas sin necesariamente llegar a conclusiones definitivas, porque uno de los supuestos del libro, me parece, es la invitación a pensar la realidad de manera inconclusa; es decir, como un continuo, sin la urgencia de tener que llegar a conclusiones firmes sobre la frontera, sobre las problemáticas sociales, sobre cualquier tema relacionado a la movilidad humana, tal y como sí sucede en la mayor parte de la escritura académica.
Por ejemplo, en “Chilanga Fronteriza”, Lucía Cristina Ortiz, habla de su proceso migratorio como movimiento de vida y como una acción que, más allá de ser agenciada por una sola persona, siempre moverá a la red de vínculos y afectos de quienes la rodean. Migrar, en ese sentido, es un proceso colectivo y complejo que no necesariamente se reduce a un cambio de residencia, sino a una serie de cambios de vida o de movimientos en la vida.
Otro ejemplo es el relato de Carolina Aguilar Román. En el “Linaje del Peanut Butter y otras historias”, la autora construye un relato sobre el pacto de romper fronteras que une intergeneracional e interespacialmente a las mujeres migrantes de su familia. Es decir, la escritura en este punto funciona para generar encuentros y vínculos con les otres. Cuando un relato individual se convierte en una suma de relatos diversos, la escritura se posiciona como una herramienta que genera encuentros, rompiendo la frontera de la experiencia privada y personal para abrir la de la experiencia colectiva.
El segundo tema que me parece crucial en el libro es pensar a la frontera en su dimensión simbólica y en cómo divide, atraviesa, distingue y clasifica la vida de las personas de acuerdo a ciertos criterios. Por ejemplo, en “Weird Female”, Andrea Padilla, ubica cómo, pese a haber cruzado al otro lado, se sigue sintiendo desencajada y atravesada por muchas otras fronteras invisibles que la marginan o la diferencian de las y los demás. Escribe:
Mi cuerpo estaba siendo cruzado por múltiples fronteras, no importaba en qué universo fuera, esas fronteras volvían a aparecer, dispersando y trasluciendo sus rayos hacia nuevas direcciones desconocidas, donde nuevas leyes regresaban a detenerme. (Padilla)
Es así como esta escritura promueve la generación de otras narrativas respecto de lo que conocemos como frontera y migración. En este caso, la escritura de relatos es el dispositivo que hace visible todas esas líneas fronterizas invisibles. Al expandir los horizontes de los conceptos, esta narrativa fronteriza puede darnos información que desde la escritura meramente académica no podemos obtener: una manera de romper con las abstracciones, a veces vacías de contenido o meramente formales, que producimos en nuestras investigaciones académicas.
Existe incluso una especie de mandato clásico hacia las personas que se dedican a la investigación científica, la cual consiste en “buscar lo más cercano a la objetividad”. Desde hace décadas, se ha cuestionado qué tan objetivas pueden ser las miradas atravesadas por ciertos privilegios de clase, raza y género. Alethia González, en su relato “Transgresiones”, se sorprende a sí misma traspasando la distancia que, desde las investigaciones sociales tradicionales, debe haber con los sujetos de estudio y volverse cercana de una persona a quien había estado entrevistando para su investigación. Se pregunta a sí misma por la frontera entre los vínculos académicos y los personales.
Otra reflexión fronteriza es la que realiza Militza Pérez Velázquez en “Nosotros nos os outros”, cuando habla de su experiencia al salir de Venezuela. La dureza que también guardan o encierran ciertas fronteras a la salida y no solamente a la entrada parece estar ahí desde antes de llegar a ella. La frontera son los trámites migratorios: en forma de dificultades para obtener un papel, en forma de la imposibilidad para salir con la familia entera, para salir acompañada de riesgos toda vez que no se pudieron conseguir los papeles.
Yulliam Moncada narra, por su parte, toda esta travesía, acompañada de una reflexión sobre cómo miramos la frontera cuando no la habitamos. Para ella, la frontera de Venezuela con Colombia era este lugar de comercio incesante de productos de contrabando, de caos y de riesgos; fue hasta que se convirtió en habitante fronteriza en Foz do Iguacu (en donde además hay una triple frontera) que logró comenzar a entenderla. Leemos en su relato:
Así se siente habitar un espacio fronterizo, ésa es la sensación de migrar, no ser una cosa ni la otra. La frontera ofrece a sus habitantes, la posibilidad de un tránsito constante, tanto físico, como simbólico. Habitar la frontera es desplazarse entre un territorio y otro, entre diferentes culturas, es hablar varias lenguas a la vez. Y no es preciso estar en un lugar marcado por límites internacionales para habitar la frontera, pero en mi caso coincidió. (Moncada)
También lo narra así Gabriela Pinillos, que como estudiante transfronteriza vio convertirse un puente en un muro y reflexiona cómo la frontera nunca es la misma en su temporalidad. Las personas cargan muros y puentes en sus historias.
Fronteras grandes y pequeñas, fronteras cuya división la marca un objeto o una señalización discreta y otras fronteras cuya división está marcada por muros. En el caso mexicano, la gran frontera no se encuentra sólo hacia el norte. Existen otras fronteras o metafronteras que atraviesan la vida cotidiana. Esto me hizo pensar y preguntarme también en si todas las personas en el territorio mexicano tenemos atravesadas las mismas fronteras. Si tener fronteras atravesadas en el cuerpo tiene un precio. Si tenerlas es un privilegio o si ser habitante fronteriza abre la mente o la cierra; si las mujeres y las diversidades sexogenéricas tenemos cerradas las fronteras; si hay un muro en la construcción de nuestras identidades y si hay que romperlo. Si en ocasiones somos nuestras propias fronteras, como dice Andrea “Soy mi propia frontera. Mi propio policía, mi propio CBP, mi propia migra”.
Venida sin paso me hizo pensar si como estudiosa del tema migratorio ya tengo de entrada una frontera; también si por trabajar todo el tiempo con cifras y estadísticas tenemos una frontera que nos aleja más del fenómeno que estudiamos y de las personas. Pensé que, si estar tan cerca de los datos también nos abre verdades y panoramas que las personas que experimentan la migración, forzada o voluntaria, desconocen. Si tenemos permiso y todos los papeles en regla para transitar a este otro lado de la frontera en donde nos encontramos con las vidas de quienes estudiamos, con sus preocupaciones, con sus futuros y con sus miedos. Si se puede vivir sin todas estas fronteras simbólicas y cómo.
*La lectura de este texto por parte de la autora tuvo lugar en el marco del Encuentro Internacional de Movilidad Humana 2023, organizado por varias instituciones, entre ellas la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación. La presentación tuvo lugar el 15 de junio en la Casa Refugio Citlaltépetl, CDMX.
[1] Es economista y latinoamericanista por la UNAM, actualmente trabaja temas sobre procesos culturales, antropología económica, economía feminista y migración. Es investigadora en la Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas de la Secretaría de Gobernación.
Venida sin paso. Narrativas fronterizas desde nuestra América.
Yolanda Alfaro. Roxana Rodríguez. [Coordinadoras]
Alethia González. Andrea Itzel Padilla Mireles. Carolina Aguilar. Federica Ambra Psaila. Gabriela Pinillos. Lucía Cristina Ortiz Domínguez. Militza Pérez. Omar Vargas. Patricia Ramos. Yulliam Moncada. [Autores de Capítulo]
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Colección Grupos de Trabajo.
ISBN 978-987-813-367-6
CLACSO.
Buenos Aires.
Febrero de 2023
*Disponible en versión digital: https://www.clacso.org.ar/libreria-latinoamericana/libro_detalle.php?orden=&id_libro=2753&pageNum_rs_libros=0&totalRows_rs_libros=1695&fbclid=IwAR1ToADN8L6XRzFIjTZAA7xfqyweiwkhpgBsRphjo6Fjn7HCvE7eXgadDyA
