¿Qué es la frontera? por Roxana Rodríguez Ortiz

Conceptualización actual de la frontera*

 A frontier is created when a community occupies a territory.

Owen Lattimore

 

La presente investigación consiste en elaborar una tipología o categorización de frontera(s). Para ello propongo cuatro categorías: frontera de la securitización, frontera socio-histórica, frontera subjetiva, frontera glocal. Categorías que involucran fenómenos disímiles y enfoques interdependientes. Esbozar estas cuatro categorías es un ejercicio deconstructivo del concepto frontera con base en cuatro niveles: etimológico, genealógico, deontológico y epistemológico; para ello fue necesario establecer la relación que guarda el concepto frontera con la historia, con la ciencia, con el Estado-nación, con la ontología social y sobre todo con la geopolítica.

Este texto está dividido en cuatro momentos que aluden a estos cuatro niveles: en el primer apartado elaboro la genealogía del concepto frontera (y límite); en el segundo aludo a la terminología; en el tercero a las discusiones contemporáneas sobre el concepto frontera desde diferentes disciplinas y concluyo con el debate oposicional de la frontera (entre el deber ser del ciudadano frente al estado). En cada uno de estos momentos se evidencian la cuatro categorías que propongo para estudiar el concepto de frontera.

 

Acepciones sobre el concepto de frontera y de límite

 

Para entender el concepto de frontera como lo conocemos actualmente considero necesario hacer un breve recorrido histórico y analítico de las diferentes acepciones de los términos frontera y límite desde el Imperio Romano hasta nuestros días. La intención de redactar esta genealogía se debe a que es hasta finales del siglo XIX que el concepto frontera se emplea como una demarcación geopolítica y/o zona de contacto o convivencia entre dos (o más) países, mientras que el concepto de límite indica dónde empieza y termina la jurisdicción de un Estado frente a otros.

La palabra frontera deriva de frons o frontis, de ahí que el término frontera, en lo que constituía el Imperio Romano, indicaba el frente de una totalidad; es decir, la frontera designaba un área exterior de esa totalidad. Por su parte, el concepto de límite se empleaba con una connotación meramente militar y no como la división de una jurisdicción. La palabra límite deviene de limis o limitis y, según Pierre Grimald, limes se define como “sendero entre dos campos. Luego zona defensiva establecida a lo largo de una frontera y que consiste en una ruta de rocas que une entre sí fuertes y campamentos” (Grimald, 2000: 242).

En la época del Imperio romano tanto limes como frons no se emplean como una delimitación territorial sino para establecer una línea de demarcación y confrontación ente los romanos y los “bárbaros”; es decir, el límite funcionaba como un camino fortificado (murallas, trincheras, torres de vigilancia) de la zona fronteriza donde se organizaba la protección o la zona comercial del Imperio:

Durante cerca de dos siglos, la sosegada magnificencia de la civilización urbana del Imperio romano ocultó los límites y las tensiones subyacentes a la base productiva [modos de producción esclavista] de la que se asentaban. […] Con el cierre final de las fronteras imperiales, después de Trajano, el manantial de los cautivos de guerra se secó de forma inevitable. […] La periferia bárbara que rodeaba a todo el Imperio continuo suministrando esclavos, comprados en la frontera por los mercaderes […]. (Anderson, 2012: 73)

Con el establecimiento de los principados feudales, siglo IX del Imperio Carolingio, la tierra empieza a tener un carácter patrimonial basado en el esquema del vasallaje. El carácter patrimonial de la tierra de los principados es administrativo y local, por lo que todavía no se establecían delimitaciones entre entidades políticas, como se observará más adelante con la conformación territorial del Estado moderno. Es decir, los principados feudales no son entidades soberanas pero sentarán las bases de lo que actualmente conocemos como territorios políticos.

Jacques Ancel afirma que en la Edad Media “la frontera no es más que una ficción. ¿Cómo podría haber sido de otro modo, si faltaba una cartografía precisa?” (Ancel, 1994: 85). Aunque la hipótesis de la frontera como ficción rebasa el argumento de la mera cartografía, coincido con Ancel puesto que en esa época se pueden distinguir dos situaciones particulares que limitan la intención de establecer fronteras y límites políticos. La primera situación se vincula con el tipo de organización administrativa de los principados (dispersos y poco claros) puesto que los dominios estaban bajo el control de varios reyes, y éstos, a su vez, del emperador o del papa. La segunda situación se deriva de los enclaves o marcas de la clásica frontera medieval que tenían un carácter propiamente económico y/o militar, pues servían para establecer las rutas de invasión o los puntos estratégicos de los reinos. En este sentido, tanto el Estado estamental, como el Estado absolutista, fueron de tipo patrimonial, de ahí que, como afirma Alfonso Velasco, en la Edad Media “no existen ámbitos territoriales políticos donde se ejerzan actos de soberanía, pero sí se presenta el poder que ejerce acciones de supremacía” (Velasco, 2005: 21).

La ausencia de una estructura étnica, según Samarkin, es una hipótesis más del porqué las fronteras no están presentes durante el medievo: “El feudalismo, especialmente en la Alta Edad Media, se caracteriza por una penetración mutua y una asimilación constante entre diferentes grupos étnicos, que eran debidas a las interminables guerras, invasiones y conquistas” (Samarkin, 1981: 50). Esta hipótesis resulta interesante para la investigación en curso pues es a partir de la formación de identidades, ya sean nacionales o étnicas, que la concepción de frontera cobra diversos matices e importancia durante la conformación del Estado-nación.

Con el descubrimiento y conquista de nuevos continentes se fortalece el Estado absolutista y la idea de Europa como centro comercial y económico. Según Crossman, en los textos de Maquiavelo se ubican las primeras referencias de una revolución política basada en aspectos puntuales de lo que estaba ocurriendo en el siglo XVI. Estos aspectos los sintetiza Velasco en cuatro puntos: El primero se relaciona con “el descubrimiento de nuevas fuentes de riqueza más allá de los mares; el segundo con “el desarrollo de las finanzas internacionales”; el tercero con “una revolución en los métodos de cultivo de la tierra y en consecuencia, en la distribución de la propiedad territorial”; el cuarto con la Reforma (Velasco, 2005: 22). Velasco también hace énfasis en la incipiente participación de la burguesía en el financiamiento de las campañas de los reyes, situación que posteriormente le permitió “controlar lo medios de circulación”; así como “los cambios operados en la propiedad territorial” (Velasco, 2005: 23).

Con el Tratado de Westfalia en 1648, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, se establecen las primeras bases de los contornos geográficos de los estados europeos puesto que “se reconoce el principio de la integridad territorial de los Estados signatarios”. Sin embargo, dicho tratado no soluciona del todo los conflictos existentes en la región occidental de Europa debido a la “multiplicidad de regímenes de posesión”, una de las características fundamentales del feudalismo que consistía en que un rey podía tener distintos dominios que a su vez eran enclaves de otros dominios; es decir, la multiplicidad determinaba “las soberanías feudales combinadas” (Velasco, 2005: 23). Esta situación será clave en la posterior conceptualización de la frontera y el límite territorial, pero no será hasta después de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas que se le de el sentido político que actualmente tiene la noción de frontera.

Las fronteras como actualmente las conocemos responden a la transición del estado absolutista al Estado-nación, aunque este tránsito tomó varias décadas más en algunos países de Europa Occidental, como en Alemania, donde a finales del siglo XIX se conforma como Estado bajo el imperio alemán (1871-1918). A partir de la derrota de Napoleón (1815) las fronteras en la mayor parte del mundo occidental empiezan a ser consideradas como líneas de delimitación estratégica, diplomática y política. Es a partir de este momento que también se introducen nuevas acepciones a los conceptos de territorio, Estado y soberanía, como menciona Max Sorensen: “la soberanía territorial es la vez total y exclusiva e implica la plena y suprema jurisdicción del Estado sobre su territorio” (Sorensen, 1985: 37).

En el continente Americano, específicamente en la parte norte, se dan varios procesos de reordenamiento territorial que responden a la política expansionista de Estados Unidos. En el siglo XIX, por ejemplo, el gobierno estadounidense “compra” o “intercambia” territorios con los imperios colonialistas europeos (ingleses, españoles, franceses) y con sus vecinos del sur (México). Se firman tratados específicos que aluden a la actual conformación geopolítica de Norteamérica, como el Tratado de Guadalupe-Hidalgo o el Tratado de la Mesilla. Cabe resaltar que esta situación de reagrupación territorial responde también a sucesos particulares de la región, como la independencia de México, e incluso la independencia de Texas del estado mexicano.

Una situación similar se da en Europa en el siglo XX, con las guerras mundiales, donde parte del territorio que anteriormente estaba dividido en feudos e imperios, fue repartido en función de estados soberanos, estados nacionales, algunos de los cuales se formaron aleatoriamente (sin considerar la cultura o la etnia de cada región), o de forma artificial (meridianos y paralelos), situación que ha traído consecuencias negativas e incluso su posterior reordenamiento, como en el caso de Europa del Este. En Asía y África se dieron situaciones similares como sucedió en Pakistán, Tibet, Congo, Corea, Vietnam, o con la ocupación de Palestina, por mencionar solo algunos ejemplos de las fronteras geopolíticas que existen en la actualidad.

 

Terminología de la frontera

 

A partir de la reordenación mundial con base en fronteras políticas, los/las teóricos/as, ya sean geógrafos, historiadores, sociólogos, antropólogos, filósofos, literatos, entre otros, se han dado a la tarea de ampliar el glosario sobre el concepto frontera. De ahí que se hable de diferentes categorizaciones de fronteras. Para esta investigación propongo cuatro categorías: las fronteras de la securitización; las fronteras socio-históricas; las fronteras subjetivas; y la frontera glocal.

Las fronteras de la securitización son aquellas que se deducen de la necesidad de resguardar el territorio de los “bárbaros”, “terroristas” o “migrantes sin papeles”. El primer tipo de esta categoría alude a la frontera natural que se define con base en la delimitación de ríos, montañas lagos o valles. Al segundo tipo ya hice mención, la frontera artificial, que está basada, en el mejor de los casos, en paralelos y meridianos dibujados en los mapas; en el peor de los casos con líneas curvas y rectas dibujas arbitrariamente en los mapas. De acuerdo a algunos autores (Beaconsfield y Hamley) estos dos tipos responden a la frontera científica, un forma de reordenar el territorio con base en la cartografía (Velasco, 2005: 24).

Algunos otros autores se refieren a la frontera científica con el objetivo de optimizar la frontera militar. Esta última tiene características particulares que en la actualidad se vinculan con la securitización de la fronteras, o la conformación de fronteras inteligentes. A partir de la frontera militar se desprenden otras nociones de frontera, como menciona Alfonso Velasco: “En el siglo XX, Carlos Haushofer desarrolló la noción de frontera de expansión; por su parte Vallaux desarrollará el concepto de frontera de tensión, concepto al que posteriormente Ancel llamará frontera de presión, concibiendo a la frontera como isobaras políticas, es decir la frontera como un factor geopolítico inestable” (Velasco, 2005: 24).

Otra acepción que resulta importante mencionar es la de fronteras interestatales que se refiere a la relaciones interdependientes que se dan entre estados en cuestión de economía, política y de seguridad. Estas fronteras tienen un carácter flexible y científico, como apunta Velasco: “flexible en el sentido de una apertura de los Estados subdesarrollados, producto de la globalización económica o imperialismo informal; científico en cuanto al control de sus fronteras lo que ha llevado a implementar medidas extremas” (Velasco, 2005: 24), como se puede observar con la securitización de la frontera México-Estados Unidos.

La categoría de las fronteras históricas se refiere a aquellas fronteras que se han desarrollado a lo largo del tiempo en una geografía específica y en función de la transformación social y política de los Estados. En esta misma categorización incluiré algunas clasificaciones que elabora Miguel Fernández-Carrión, en un texto titulado “Historiografía, metodología y tipología de fronteras”. La primera se refiere al ejercicio genealógico de las fronteras que elaboré anteriormente: fronteras en la antigüedad, medievales, modernas y contemporáneas.

En su texto, Fernández-Carrión compara esta primera clasificación con el análisis que elabora Hartshorne, quien distingue seis etapas que podrían vincularse con estos procesos históricos: “fronteras totalmente anteriores o pioneras [antigüedad y medievales]; anteriores [modernas]; subsiguientes (cuando hay conformidad entre los planos de la frontera y el área de extensión del paisaje culturizado); sobrepuesta (en intersección); sobrepuesta de modo de excavación y reliquias (cuando los límites de la geografía humana no corresponden a los límites políticos) [contemporáneas]” (Fernández-Carrión, 2010: 36).

El análisis que elabora Hartshorne me parece mucho más significativo para la epistemología de la frontera, aunque no es del todo claro, que clasificar las fronteras en función de una línea de tiempo cronológica, pues este ejercicio lineal no desvela procesos culturales complejos, quizá solo ayuda a esbozar una tendencia a explicarnos ciertas situaciones. Es por ello que la perspectiva de las investigaciones que he realizado hasta ahora consisten en deconstruir los discursos lineales que agrupan el estudio de las fronteras desde una perspectiva únicamente histórica.

La segunda clasificación de Fernández-Carrión consiste en fronteras dependientes y/o coloniales, aquellas fronteras que se establecen con la instauración de los virreinatos en el continente Americano a partir del siglo XVI. La tercera se refiere a fronteras independientes o nacionales, aquellas fronteras geopolíticas que se delimitan una vez que se conforman los Estado-nación en el continente Americano, producto de guerras civiles o guerras de independencia durante el siglo XIX (Fernández-Carrión, 2010: 37-39), a las que también ya hice mención.

La categoría de las fronteras subjetivas se refiere a aquellas fronteras que se desarrollan no sólo a partir de la convivencia con el otro sino también con base en las transformaciones que experimentan los sujetos a nivel de agencia política. Esta tercera categoría es representativa del análisis que he realizado hasta ahora de la frontera México-Estados Unidos, y, desde mi perspectiva es la más importante para entender fenómenos particulares de las zonas fronterizas, e incluso para proponer políticas públicas y modelos de sociedades.[1]

El primer acercamiento que realizo a las zonas fronterizas consiste en identificar las fronteras lingüísticas, las fronteras religiosas, las fronteras políticas; algunos autores también se refieren a las fronteras culturales, fronteras étnicas, o incluso a las fronteras urbanas versus las fronteras rurales. En cada una de estas fronteras se observa una yuxtaposición de símbolos que es interpretado e introyectado de distinta manera por un sujeto que se enfrenta o convive con otro sujeto en una zona fronteriza particular donde lo que se pone en evidencia son los registros de cada uno y la forma en cómo los representa —y lo representan— en la comunidad fronteriza. De ahí que podamos hablar de procesos particulares de formación identitaria, o de relaciones de poder en las zonas fronterizas.

En esta misma categoría propongo las fronteras filosóficas, fronteras literarias, fronteras psíquicas, fronteras corporales, algunas de ellas caen en el plano de la triada lacaniana: lo simbólico, lo real y lo imaginario. No es tema de esta investigación indagar en profundidad sobre éstas; sin embargo, me parece importante mencionarlas pues ayudan a entender fenómenos particulares de las zonas fronterizas como el movimiento literario chicano de los años sesenta del siglo pasado; los feminicidios de Ciudad Juárez desde hace casi dos décadas; la deconstrucción del logocentrismo e incluso la deconstrucción de los discursos coloniales o centralizados, entre otros.

Finalmente, la última categoría que propongo, la frontera glocal incorpora otras tipologías de las ya mencionadas, engloba las fronteras económicas, fronteras del derecho (internacional), fronteras geopolíticas, fronteras supranacionales.

 

Discusiones sobre la(s) frontera(s)

 

A finales del siglo XIX, Frederick Jackson Turner, emplea el uso del concepto “frontera” (Frontier) con una intención diferente a la que habían utilizado los geógrafos científicos (frontera natural, frontera artificial). Turner justifica la existencia de la frontera como un fenómeno que explicita las diferencias culturales entre Europa y el Nuevo Mundo (Estados Unidos): “the frontier is the outer Edge of the wave —the meeting point between savagery and civilization. Much has been written about the frontier from the point of view of border warfare and the chase, but as field for the serious study of the economist and the historian it has been neglected.” (Turner, 1893: 2)

Según Turner, Estados Unidos estaba dividido en dos regiones distintas: la del Este, una región colonizada y civilizada (un puerto de entrada de la migración europea fue Nueva York, como se observa en obras de escritores como Kafka o Sontang quienes hacen alusión al fenómeno migratorio en algunas de sus novelas); la del Oeste era una región salvaje y despoblada. Turner elabora el análisis de la “frontier” en función de la movilidad de los colonos en la parte Oeste, pues éstos son considerados los territorios de penetración de la cultura “civilizada”: “The frontier is the line of most rapid and effective Americanization.” (Turner, 1893: 2)

Evidentemente el texto que Turner lee en 1893 en la reunión de la American Historical Association tiene la intención de presentar un país en desarrollo expansionista y una idea de nacionalismo particular y diferenciado del europeo: “we note that the frontier promoted the formation of a composite nationality for the American people.” Es decir, pensar la conformación de Estados Unidos como una nación democrática y para ello resulta indispensable colonizar los territorios “deshabitados” del viejo Oeste con las implicaciones étnicas, culturales y religiosas que este proceso trajo consigo: “The first frontier had to meet its Indian question, its question of the dispositions of the public domain, of the means of intercourse with older settlements, of the extension of political organization, of religious and educational activity.” (Turner, 1893: 4)

Varias situaciones se pueden cuestionar a la argumentación de Turner (principalmente que los pueblos o grupos que se encontraban del otro lado de la “frontera” no eran civilizados), pero por ahora me interesa recuperar tres aspectos: el primero consiste en el giro que le da al concepto frontera, como ya lo mencioné hace a un lado las explicaciones cientificistas de la época y contempla las especificidades culturales de una región en desarrollo o en movimiento. Lo segundo alude a la claridad de Turner con respecto a lo importancia de la migración de Este a Oeste (contrario a lo que actualmente sucede); una migración propia de sociedades organizadas y con una ingerencia en las actividades religiosas y educativas de los territorios del Oeste (este punto me interesa como una apuesta epistemológica que abordaré en el tercer capítulo). Lo tercero consiste en la aseveración de pensar la frontera como un campo fértil de investigación —“to call attention at the frontier as a fertile field for investigation.” No es casualidad entonces que a partir del siglo XX la conceptualización de la frontera tenga diferentes aristas y acepciones en distintas disciplinas.

Después de Turner, otros historiadores estadounidenses como Frederic L. Paxson, Everett Dick, John C. Parish, le dan continuidad al concepto de frontera exacerbando no solo la movilidad de los colonos hacia el sur del país sino también la idea de nacionalismo. Durante el primer tercio del siglo XX los textos de los historiadores Allen Billington y Walter Prescott, discípulos de Turner, llevan a la cúspide el tratamiento de la frontera como motor colonizador y civilizatorio que promovió su mentor: “Frederick Jackson Turner, then, was not far wrong when he maintained that frontiersmen did develop unique traits and that these, perpetuated, form the principal distinguishing characteristics of the American people today” (Billington, 1958: 5). Evidentemente esta percepción o conceptualización de la frontera no fue un consenso; Jack D. Forbes, por ejemplo, aboga por pensar la frontera desde la visión de los colonizados, de los indios:

But is the frontier to be considered simply as the one-edge sword of the white man? The Indian also had a frontier, an area where his culture met that of the European. This Indian frontier surely is a part of the American fronteire as a whole. Properly, a “frontier” is one force opposed to another. […] Similarly the American frontier was where two peoples met, Indians and Europeas, or Europeans and other Europeans. How, then, can one write a general history of the American frontier and ignore one side of it? But this is what has been done. (Forbes, 1959: 210)

En otras latitudes también se cuestiona la definición turneriana de la frontera. Owen Lattimore, quien estudia las fronteras de Asia, principalmente China e India, comenta que no es posible pensar la frontera en el mismo sentido que lo hizo Turner en otros continentes debido a que entre Asia y Europa, por ejemplo, ha existido un comercio e intercambio constante durante siglos, mientras America (continente), que era completamente desconocida hasta el siglo XVI, representaba la idea de colonizar tierras “vírgenes” para los europeos que llegaron a ocupar los territorios: “The Europeans who came to America and the Indians whom they found in America had utterly separate histories. They belonged to cultures that had had no contact whatever with each other” (Lattimore, 1962: 136).

En este sentido, Lattimore afirma que los europeos que arribaron a America contaban con una economía diversificada, con formas de organización social y política distintas, y con armas más potentes que las de los indios, situación que hizo más fácil la colonización, explotación y, en algunos casos, el exterminio de las comunidades nativas: “In their advance across the continent no important territory taken from the Indians was ever lost to the Indians again. No communities of White settlers lived under Indian rule. The Spreads of colonization and all forms of development and exploration was essentially a straight-line advance” (Lattimore, 1962: 136).

La postura de Lattimore resulta interesante pues enfatiza no solo la necesidad de estudiar histórica o geográficamente la(s) frontera(s), sino también desde el derecho, y, sobre todo, desde las diferencias culturales (estudios culturales y decoloniales) que se evidencian, en algunos casos más que en otros, entre las distintas comunidades que comparten una frontera y que se vincula con la propuesta de la presente investigación, donde las diferencias entre una comunidad y otra, en este caso entre México y Estados Unidos, se hacen tangibles en tres aspectos: la lengua, la religión, la frontera geopolítica, históricamente trazada bajo la consigna del proyecto expansionista de los gobiernos estadounidenses. Al respecto Lattimore menciona:

The changing significance, for changing societies, of an unchanging physical configuration which may at one time be a frontier, at another time a frontier of different significance (as when an old externa frontier becomes an internal demarcation within an enlarged community), and at another time no frontier at all (as in the case of the western frontier of expansion of the European man across the North American continent), leads to the axiomatic statement that frontiers are of social, not geographic origin. Only after de concept of a frontier exists can it be sttached by the community that has conceived it to a geographical configuration. (Lattimore, 1962: 471)

Desde mi perspectiva, el estudio que realiza Lattimore sobre la frontera marca un paradigma con respecto a los estudios que se habían realizado hasta la fecha (1962) sobre la forma de concebir la frontera (frontier). Sin embargo, si consideramos que para mediados del siglo XX ya se habían levantado-delimitado distintas fronteras en casi todos los continentes, ya fuera como respuesta a las invasiones, guerras mundiales, o intereses geopolíticos, resulta sorprendente el rezago teórico de otras disciplinas (ciencias sociales en general) que existió con respecto al estudio y conceptualización de la frontera.[2]

Desde finales del siglo XX hemos observado una avalancha de propuestas frente a lo que se debía entender por frontera, así como la manera en que se debía definir el concepto de frontera. Surgen escuelas afines a la idea de las fronteras porosas y otras que apoyan la securitización de las fronteras (especialmente después del 2001). La discusión de las fronteras toma matices mundiales y en casi todas las áreas del conocimiento se analizan las fronteras y su impacto en la economía global, en derecho internacional y en la seguridad mundial. Discursos que en muchos casos contravienen justamente las situaciones que se experimentan tanto en las zonas fronterizas como con respecto a los flujos migratorios, pero que responden a políticas de instituciones de orden mundial como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. Es decir, en el siglo XX experimentamos tanto la “apertura” de las fronteras para el libre tránsito de capitales y mercancías, como un recrudecimiento de los controles fronterizos con respecto a la movilidad humana (migrantes en tránsito, refugio, asilo). Ambas situaciones son evidentes en las fronteras nacionales, regionales y continentales gracias al uso, principalmente, de la tecnología y el énfasis en la implementación de las TIC (tecnologías de información y comunicación) a nivel mundial.

 

La geopolítica de las fronteras

 

Michel Foucher, geógrafo francés, es una referencia contemporánea para el estudio de las fronteras, los límites territoriales y el levantamiento de muros en los cinco continentes. Foucher es de los primeros en hacer estudios comparados sobre las diferentes fronteras que existen en todo el mundo, no sólo desde una perspectiva de límites territoriales, también geopolíticos e incluso gráficos pues desarrolla una metodología de mapeo para los distintas fronteras, muros, límites, líneas, barreras que se han erigido o establecido a partir del siglo XX principalmente.

Esta metodología se puede observar en la aplicación que Foucher, junto a Pascal Orcier (cartógrafo), desarrollaron para las tabletas electrónicas. Esta aplicación sofisticada y vanguardista titulada A Battle of Maps. A critical analysis of different visions of the world (Francois Bourin Editeur 2012), es un proyecto gráfico y digital que privilegia la emancipación dialógica del sur (o le da voz a las epistemologías del sur) e incluye mapas de distintas regiones en donde se observa el fenómeno fronterizo en distintos niveles de análisis que van de lo geopolítico, regional o global, a lo supranacional. Es por ello que en esta aplicación, que incluso podría leerse como un resumen del trabajo que Foucher ha realizado no solo como teórico, sino también como diplomático, se pueden observar mapas de las distintas regiones que más le han interesado a lo largo de su trayectoria profesional, los cuales incluyen Asia, Europa y América principalmente:

It is therefore important to tell the story of a great movement of emancipation by the states of the former South, which are now taking to (or returning to) the world stage. To borrow the terminology of the late 19th-century diplomats, this so-coalled emerging actors are vocally demanding their ‘place in the sun’. This radical development forces us as Europeans to negotiate a new position for ourselves in a configuration of many different centres of power and influence. A de facto polycentric system is taken shape and creating new-economic and geostrategic balances of power, but it has not yet become multipolar in the sense of having been negotiated through a new entente between nations an through regional settlements. (Foucher, 2012)

El trabajo iconográfico que Foucher realiza no solo como geógrafo, en algunos casos incluso como cartógrafo, resulta enriquecedor para el análisis geopolítico que se debe hacer del fenómeno fronterizo y migratorio actual, pues alude a la representación de mapas mentales; a la representación de la globalización como heteronimia de la territorialización económica; a la resignificación de las periferias en función de los discursos heterodoxos que enarbolan los movimientos sociales contemporáneos; e incluso a la deconstrucción de las culturas hegemónicas que han defendido el logocentrismo ciñéndose en un discurso de seguridad nacional. En este sentido, los mapas que Foucher ha trazado dan cuenta de cómo repensar el estudio crítico de la movilidad humana y de la instauración de fronteras, límites o barreras:

A representation is a selective combination of images taken from various categories of the socio-hisotical field and beleonging to the group that produced them; these are then assembled into a spatial whole whose title is simultaneusly the symbol and the slogan of a political project that can, in principle, be mapped. It serves as an icon and expresses a gran design; the West, Asia, the greater Middle East and the South are al icons from a particular period, their countours fluid, their sycophantic supporters numerous. (Foucher, 2012)

En la última edición del libro titulado L’obsession des Frontiéres (2012), Foucher actualiza la información que se conoce de las distintas fronteras existentes en el mundo en un anexo que titula “Chroniques frontaliéres”, y abarca del 2010 al 2012. En este anexo, así como en los mapas que aparecen en el libro, Foucher da fe de lo que llama la escena contemporánea fronteriza: « L’obsession des frontières qui envahit la représentation contemporaine du monde se décline selon les lieux en impératifs de sécurité stratégique, en marquage des territoires dans les Etats, anciens ou récents, ou en dispositifs de protection des établis contre les marginaux et les flux jugés indésirables » (Foucher, 2012: 16). Una escena poco halagadora para lo sociedad mundial si consideramos:

La scène frontalière mondiale est ainsi marquée d’un double mouvement d’obsolescence et de résistance de ses attributs. Anachronisme par érosion, lié à l’ampleur des phénomènes de circulation : 470 millions de personnes franchissent chaque année les deux frontières terrestres des États-Unis, contre 20 millions seulement de passagers aériens venus d’outre-Océan. La France enregistre plus de 50 millions d’entrées par an, dont 2 millions seulement sont assujettis à la délivrance de visas. La liberté de circulation est une revendication largement partagée, d’abord dans les régions pacifiées. (Foucher, 2012 : 17).

Foucher alude a cuatro etapas de la mundialización y sus fronteras (alude a la categoría de fronteras socio-históricas). La primera hace referencia al descubrimiento de América y la aventura oceánica que esto significó para la distribución territorial de las distintos colonias. La segundas alude al fin de la Revolución Industrial y la necesidad de mantener un equilibrio económico entre los distintos estados-nación europeos. La tercera etapa consiste en la imposición de una “méta-frontière” común europea que se conoce como la “Cortina de Hierro” (1948); una frontera de corte ideológico y estratégico a nivel mundial que divide al planeta en dos grandes bloques: capitalismo y comunismo. La cuarta etapa de la mundialización se refiere a una nueva “meta-frontera” que aparece en 1989 y se traduce como: « une réorganisation des territoires étatiques et nationaux, systématique et probablement systémique, car le simple fait que l’une des puissances ayant dominé la scène internationale pendant quarante-six ans ait pu se disloquer, de l’intérieur, a modifié les réseaux d’alliance et de réassurance et interpellé des Etats rendus plus attentifs à leur assise spatiale » (Forucher, 2012 : 13-14).

Las fronteras, según Foucher, funcionan en diferentes escalas aunque éstas no siempre son complementarias. En este sentido, el geógrafo francés afirma que las fronteras deben ser consideradas como instituciones territoriales cuyos límites abarcan: 1) la escala del Estado, nacional o plurinacional; 2) la escala interestatal; y 3) la escala regional o local. La primera hace referencia a los límites jurisdiccionales del Estado; la segunda al orden internacional e incluso de seguridad nacional (quiénes son nuestros adversarios); y la tercera a lo simbólico, es decir factores de diferenciación: identidad, lenguaje, costumbres, culturas.

Focuher también afirma que el establecimiento de las fronteras responde a dos estrategias: una nacional y/o local; la otra global y/o regional. Cada una de éstas se enmarca en conflictos particulares que abonan a una discusión gradual de la desterritorialización de los estados como parte de una estrategia económica. Esta situación se observa en cada uno de los ejemplos que menciona en su libro, los cuales abarcan desde Bolivia hasta Rusia, pasando por las Coreas hasta el Medio Oriente. En este sentido resulta necesario estudiar cómo se entiende lo global desde diferentes perspectivas para comprender la significación de la frontera en los sistemas económicos y de gobierno actuales, así como la forma en cómo éstos afectan las comunidades (o a la inversa).

Saskia Sassen, socióloga holandesa, defiende el pensamiento global y su postura resulta interesante para aludir a lo que anteriormente me referí como la categoría de la frontera glocal que incluye la frontera económica, la frontera del derecho, la frontera geopolítica y la frontera supranacional. Si bien es cierto que la globalización ha detonado nuevas formas de pensar las fronteras, también es cierto que muchas veces éstas se han malinterpretado y reducido a proposiciones falaces como la idea de las fronteras porosas o de un mundo sin fronteras. Sassen es crítica a dichas posturas —situación que hace evidente un desconocimiento de cómo se entiende lo global en diferentes áreas del conocimiento— y expone una metodología que parte de la “desnacionalización” de lo que fue construido históricamente como nacional, afirmando que “la desnacionalización puede coexistir con las fronteras tradicionales y con el desempeño del Estado en los nuevos regimenes globales” (Sassen, 2009: 569).

Para ello Sassen cuestiona la poca atención que se pone a las consecuencias que trae consigo la proliferación de distintas capas (casi siempre abstractas) a nivel subnacional (y no supranacional como han evidenciado varios teóricos, en el sentido de la “perdida” de soberanía del Estado, por poner un ejemplo) producto de los procesos globales. De ahí que en su tesis afirme que la globalización económica es un sistema político-económico parcialmente localizado al interior de los Estado nación, basado en: “(a) the partial, often highly specialized (and hence obscure) denationalizing of specific components of state work, the economy, society, and the polity, and (b) that the specialized transnational regimes implemented to govern global process enter national institutional space an geographic territory.” En este sentido, la postura de Sassen frente a las fronteras territoriales alude a un paradigma distinto al tradicional pues afirma que la combinación de las dinámicas anteriores produce una variedad de límites nuevos (transversales) al interior de los territorios nacionales que por lo general funcionan de forma independiente de los límites geográficos (Sassen, 2009: 573).

De acuerdo a Sassen, en la medida en que detectemos que esos límites nacionales se hacen evidentes con los procesos globales podremos pensar la diferencia entre las fronteras nacionales tradicionalmente estudiadas y la idea transversal de los límites entendida como la capacidad de cruzar fronteras tradicionales y ocupar o existir dentro de los espacios nacionales institucionalizados (Sassen, 2009: 597). Para ello propone abstenerse de la discusión basada en la centralización del estado y las fronteras territoriales para dar paso a la discusión de los espacios bordeados en una red global:

State-centered border regimes have undergone significant changes following the rise of globalization; neoliberal, supranational regimes; and new forms of private authority, even while they have remained part of older formalizations, such as International treaties. We now see a great diversity of institutional locations among state-centered regimes. Considering the cross-border flow of capital from flows of goods can help clarify this idea. Moving capital across borders requires a sequence of interventions that moves deep inside the national institutional apparatus and differs in character from movement of traded goods. While goods transfer requires an actual, geographic border crossing, capital transfer does not (unless actual cash is transported). In each case, however, individual border-control intervention points can be understood as sites in a chain of locations, which are not necessarily located along national borders. (Sassen, 2009: 588)

Resulta complicado pensar en la red global que expone Sassen en cuestión de la frontera del derecho en países como México o el resto de Latinoamérica, sobre todo cuando hablamos de movilidad humana o convivencia en zonas fronterizas pues, como sabemos, tanto las leyes migratorias, políticas de empleo temporal, libre tránsito, políticas públicas en zonas fronterizas, entre otras, contravienen la tendencia actual de la propuesta que Sassen denomina “global law systems”, el cual consiste en: “At the heart of this notion of a single global law lies a system, first, that is not centered in national law and, second, that goes beyond the Project of harmonizing different national laws into a coherent system.” (Sassen, 2009: 592)

En contraste con lo que plantea Sassen con respecto a la red global de fronteras, expondré a continuación la apuesta de Will Kymlicka, quien desde la perspectiva liberal cuestiona no sólo el papel del Estado, sino también el discurso nacional al interior de cada país y la igualdad moral de las personas, en contraposición a lo que han sugerido autores como Rawls, Taylor o Habermas: “El hecho de que las fronteras de las democracias liberales existentes se justifiquen con ideas de identidad nacional no significa que estén moralmente justificadas” (Kymlicka, 2006: 44).

El filósofo canadiense plantea un problema inicial que consiste en afirmar que las fronteras se usan para discriminar y diferenciar a las personas que pertenecen a un Estado, cuentan con “un estatus legal que les garantiza seguridad personal, amplias oportunidades y un nivel de vida digno”); de las personas (migrantes) que no tienen ningún vínculo jurídico (no necesariamente de pertenencia) con el Estado, situación que las “condena a la pobreza e inseguridad” (Kymlicka, 2006: 37). Siguiendo esta línea argumentativa Kymlicka cuestiona la definición de frontera moderna para elaborar una propuesta multicultural de la sociedad canadiense (ver capítulo 2). La definición de la que parte para elaborar su análisis integra otros elementos que hemos ido sumando durante este capítulo, como democracia, ciudadanía, comunidad política:

La clase de “fronteras” que me interesa son aquellas que implican la demarcación territorial de los Estados-nación democráticos contemporáneos. En principio, estas fronteras tienen una relevancia jurídica: indican a qué derecho estamos sometidos, y qué personas e instituciones ejercen autoridad sobre el territorio. En el pasado, éste pudo haber sido el único significado de las fronteras políticas. Pero en las democracias modernas las fronteras de los Estados-nación son más que eso. También definen un cuerpo de ciudadanos —una comunidad política— que se percibe como titular de la soberanía, y cuya voluntad e intereses conforman los estándares de legitimidad política. [subrayado mío] (Kymlicka, 2006: 45)

Voy a tomar dos aspectos de esta cita que me parecen los más representativos: la idea de los Estados-nación democráticos y la comunidad política. Ambas ideas están correlacionadas si entendemos democracia como el gobierno del pueblo para el pueblo; sin embargo, si entendemos “pueblo” como el conjunto de sujetos que residen en un Estado-nación determinado caemos en la trampa de los nacionalismos enarbolados por la modernidad. Kymlicka es crítico a esta postura nacionalista pero defiende la identidad nacional de las comunidades la cual no se contrapone con la concepción de ciudadanía al interior de un mismo Estado-nación: “Decir que las fronteras de los Estados-nación modernos demarcan comunidades políticas nacionales no significa que estos Estados, o sus territorios, sean “propiedad” del grupo nacional dominante” (Kymlicka, 2006: 47). En todo caso da la opción a pensar en fronteras internas dentro de un mismo Estado que enfaticen la multiplicidad de etnias, lenguas, culturas, identidades, costumbres o tradiciones, como se puede observar en prácticamente todos los Estados-nación contemporáneos, ya sea producto de la colonización o de la migración o movilidad humana actual.

Étienne Balibar también propone cuestionar las fronteras, por lo menos las fronteras en Europa, desde una perspectiva política de los sujetos que las habitan. Esta perspectiva alude al cuestionamiento que debe existir en la relación entre ciudadanía, como institución o ideal, y la formación histórica del Estado-nación europeo. Es decir, a diferencia de Kymlicka que aboga por una cultura societaria, Balibar hace énfasis en una “espacio político” (political space) y en la deconstrucción del tratamiento histórico de la conformación de las fronteras:

It is indeed a commonplace among historians (and probably also geographers) that the constitution ot the modern Nation-State —through the “invention” of borders which replaced the ancient forms of “marches” or “limes”, combining on the same “line” administrative, juridical, fiscal, military, even linguistic functions— was in particular a transformation of the (more or less indefinite, heterogeneous) space into territories controlled by a “monopolistic” State-power, thus rendered “homogenous”. (Balibar, 2004:3)

Para Balibar el espacio político mantiene una relación con el espacio público pero no son sinónimos, sino que un espacio político se convierte en un espacio público (o esfera) cuando intervienen factores externos como el derecho internacional, la mundialización de las economías, la globalización de los mercados o lo que Sassen denomina red global. En este sentido, Balibar afirma que “every public space is by definition a political space, but not every political space is (already) a public space.” (Balibar, 2004: 3)

Ahora bien, Balibar toma la noción de territorialización-desterritorialización de Deleuze y Guatari, donde indican que tanto uno como el otro proceso son el reverso o la oposición del proceso en sí, y cada uno de éstos se puede dar antes, durante o después.[3] En otra palabras, Balibar menciona que la “territorialización” se puede entender si se alude a la generalización del concepto de territorio el cual incluye “not only the division or articulation of spatial units, but their institutional counterparts, whereby power structures shape spaces, languages, moralities, symbols, labor, distribution and productive activities, etc.” (Balibar, 2004: 4)

Como se podrá observar, en la crítica que realiza Balibar es posible identificar varios de los elementos o categorías a los que aluden los y las teóricas revisadas con anterioridad, como la noción de red global de Sassen, en el sentido de incluir la concepción de lo supranacional al referirnos a demarcación geopolítica de las fronteras y/o de la convivencia en zonas fronterizas y entre dos o más países. De igual forma, podemos identificar algunas de los elementos que propone Kymlicka, como la participación ciudadana en la concepción de las comunidades societarias; en particular el énfasis que hacen ambos en los procesos identitarios: “To “territorialize” means to assign “identities” for collective subjects within structures of power, therefore to categorialize and individualize human beings.” (Balibar, 2004: 4)

Es evidente que no se puede hablar de territorio-frontera sin hablar de soberanía, por lo que Balibar hace énfasis en que esta triada conceptual del Estado-nación moderno ha sido sacralizada desde su existencia, incluso con más anuencia que durante el estado estamental o monárquico. De igual forma, Balibar observa que esta situación cambia con la globalización tanto en el sentido de pensar la emergencia de lo supranacional o las super-fronteras, como en el desmantelamiento de las múltiples funciones del Estado con respecto a sus fronteras concluyendo:

As a consequence, the constitutive relationship between territory, population and sovereignty, is no longer taken for granted, at least when seen “from outside”. It tends to be replaced by various forms of mobile equilibrium between “internal” and “external” conflicting forces, and substituted by stronger and broadres “global borders”, which appear as territorial projections of the political World Order (or disorder). (Balibar, 2004:5)

Para Balibar este espacio político debe tomar otras rutas y no quedarse en la ambigüedad como ha sucedido hasta ahora en Europa, donde a partir de la conformación de la Unión Europea se dejaron fuera países y culturas que le dieron forma a este continente, hablando desde una perspectiva histórica. Para ello retoma o propone la importancia de los actores políticos y/o de la agencia política de los sujetos, así como de las organizaciones civiles. En este sentido, alude a los sujetos transnacionales que cruzan las fronteras y se organizan para expresar sus demandas o expectativas, sin mediación de la burocracia nacional o supranacional, pero que unen sus esfuerzos con los otros, los que son de afuera, ya sean refugiados o migrantes con o sin papeles con la intención de poner sobre la mesa el debate de los derechos civiles y humanos.

Balibar afirma que en el caso de Europa parece que las fronteras tradicionales, las fronteras internas, son mucho más rígidas e impenetrables de lo que deberían; mientras que las fronteras externas son mucho más penetrables, menos estables y fijas; por lo que cuestiona si “Europa como una zona fronteriza” debe ser rechazada o es mejor reconocerla (Balibar, 2004: 27). Para el caso que nos ocupa, argumentar la importancia de proponer modelos epistemológicos para las zonas fronterizas, el cuestionamiento de Balibar resulta interesante pues al trasladarlo a la situación de la frontera México-Estados Unidos o a la frontera vertical en la que se ha convertido México para los migrantes centroamericanos, valdría la pena repensar y proponer políticas públicas ad hoc a la situación y, en este sentido, es mejor reconocer la existencia de las zonas fronterizas, pues la invisibilidad de las mismas es producto de su no locución a nivel nacional y supranacional.

Finalmente, Jacques Derrida, en un texto titulado Aporías, elabora una genealogía del concepto de Frontera desde dos (tres) proposiciones: “las fronteras respecto a la muerte” (cuestionamiento que le hace a Heidegger en función del Ser y la muerte); “las fronteras de la verdad”; y “las fronteras de la propiedad” (1998: 18). Para esta investigación me interesa elaborar una argumentación en función de las últimas dos.

En este libro, Derrida hace un recorrido no sólo etimológico, sino también filosófico de la pertinencia de establecer los límites de verdad en la filosofía y desarrolla un “doble concepto de la frontera”. El primero se refiere a la frontera que “pasa entre contenidos” (entiéndase cosas, objetos, territorios, países, Estados, culturas, lenguas, etc.); “el otro tipo de límite fronterizo pasaría entre un concepto (especialmente el de deber) y otro, según el rasero de una lógica oposicional” (Derrida, 1998: 38).

Derrida también pone el dedo en el renglón de los cuestionamientos actuales sobre el abordaje y tratamiento de la(s) frontera(s) no sólo como una “línea espaciadora”, sino también como un constructo “antropológico”, en un afán de hacer evidente la categorización del constructivismo metodológico que no deja espacio para realizar estudios que rebasen lo económico-demográfico (como se observa en varios de los análisis actuales sobre migración y fronteras) y propone una aproximación ontológica de la frontera:

La frontera designa, de forma casi estricta si no propia, esa linde espaciadora que, en una historia, y de forma no natural sino artificial y convencional, nóminca, separa dos espacios nacionales, estatales, lingüísticos, culturales. Si decimos de esta frontera —en el sentido estricto o corriente— que es antropológica, lo hacemos por hacerle una concesión al dogma dominante según el cual sólo el hombre posee semejantes fronteras, y no el animal del que se piensa normalmente que, aunque tiene territorios, su territorialización (en las pulsiones de la (de)predación, del sexo o de la migración regular, etc.) no podría estar rodeada de lo que el hombre denomina fronteras. No hay nada fortuito en ello, el mismo gesto le niega aquí al animal lo que le otorga al hombre: la muerte, el habla, el mundo como tal, la ley y la frontera. (Derrida, 1998: 72-73)

Si tomamos en consideración que las fronteras son un límite artificial que sólo el ser humano es capaz de normar; esta situación da cuenta de lo arbitrario que han sido tanto el establecimiento de las fronteras geopolíticas, como la necesidad de la movilidad de las personas frente a políticas económicas segregacionistas. El endurecimiento de las políticas migratorias, ya sean para “defender” a la nación o para evitar la entrada “ilegal” de personas a un Estado-nación, da muestra de la pretensión artificial de los gobiernos para delimitar territorios bajo pretexto de la seguridad nacional.

Derrida no es el primero en aludir a la frontera artificial —Turner también lo mencionó en su momento junto a otros teóricos más—, pero sí es el primero en pensar en ella como una aporía (no-pasar), entendida como “la forma negativa para designar todavía un deber que, a través de lo imposible o lo impracticable, se anuncia no obstante de forma afirmativa”, refiriéndose al límite entre un concepto y otro (1998: 40). Para ejemplificar esta situación citaré uno de los ejemplos que menciona Derrida al respecto:

            El mismo deber dicta también no sólo acoger al extranjero a fin de integrarlo sino asimismo a fin de reconocer y aceptar su alteridad: dos conceptos de la hospitalidad que dividen, hoy en día, nuestra conciencia europea y nacional.

El mismo deber dicta criticar (“en-la-teoría-y-en-la-práctica”, incansablemente) un dogmatismo totalitario que, con el pretexto de poner fin al capital, ha destruido la democracia y la herencia europea, pero asimismo dicta criticar una religión del capital que instala un dogmatismo bajo nuevos rostros que también debemos aprender a identificar —y éste es el porvenir mismo, de otro modo no lo habrá. (Derrida, 1998: 39)

Lo que queda al descubierto de estos ejemplos es la lógica oposicional entre el deber universal (kantiano) y la realidad.[4]

Como se ha visto hasta ahora, en esta investigación he destacado las concepciones que ciertos teóricos y teóricas que han desarrollado sobre la(s) frontera(s) con la intención proponer la categorización de cuatro formas de concebir la(s) frontera(s): la frontera de la securitización, la frontera socio-histórica, la frontera subjetiva y la frontera glocal. La selección de los teóricos y teóricas no ha sido arbitraria, la intención fue elaborar un paneo de distintas posturas no solo disciplinares del fenómeno fronterizo, sino también contraponer las disímiles lecturas de cómo se deben pensar las fronteras en el mundo (claramente hay visiones ausentes —por un asunto metodológico más que por convicción— estoy pensando en los/las teóricos asiáticos, africanos, de Medio Oriente, de América del Sur, donde las fronteras geopolíticas también son parte de un discurso segregacionista, expansionista y hegemónica de las políticas de Estado) y cómo se deben conformar los espacios de discusión en función de las necesidades reales de las comunidades fronterizas y migratorias sin detrimento de su propia cosmovisión. Esta investigación propone una epistemología de la frontera, que aborda cuestiones de la ontología social ligada a debates y situaciones actuales que le dan forma a las fronteras territoriales contemporáneas.

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Velasco Hernández, Alfonso. México en el ámbito geopolítico estadounidense. México: Tesis de Maestría, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 2005.

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* El presente artículo es parte del libro titulado Epistemología de la Frontera. Modelos de sociedad y políticas públicas. México: Eón, UTEP, SIPAM, Iniciativa Ciudadana, 2014, pp. 15-37. El libro se puede conseguir en Amazon.

[1] Véanse los libros Alegoría de la frontera México-Estados Unidos […] y Cultura e identidad en la región fronteriza México-Estados Unidos […]. En el primero elaboro una propuesta epistemológica a partir de identificar los tópicos principales de la literatura fronteriza y las características culturales que emanan de ellos. En el segundo abordo las rupturas culturales que se han dado entre los sujetos que habitan la frontera y cómo ellos se han apropiado de esos vacíos para consolidar zonas de convivencia fronterizas.

[2] El caso de la filosofía es particular pues el tema del otro, de la alteridad, del extranjero, está presente desde los griegos. Podemos encontrar referencia en Las leyes de Platón, específicamente en el libro octavo; así como en otros pensadores de su época. Estas ideas sobre el extranjero fueron retomados por autores como Francis Bacon y posteriormente Kant elabora un trabajo exhaustivo sobre el tema en La paz perpetua. Los teóricos de la Escuela de Francfort hacen un trabajo notable y Hanna Arendt es la cúspide de esta camada de escritores exiliados en varios de sus libros pero específicamente en Tiempos presentes. Actualmente varios de los filósofos se interesan por el tema de la frontera como se verá en los siguientes capítulos.

[3] Deleuze y Guattari afirman que “Los movimientos de desterritorialización no son separables de los territorios que se abren sobre otro lado ajeno, y los procesos de territorialización no son separables de la tierra que vuelven a proporcionar territorios. Se trata de dos componentes, el territorio y la tierra, con dos zonas de indiscernibilidad, la desterritorialización (del territorio a la tierra) y la reterritorialización (de la tierra al territorio). No puede decirse cuál de ellos va primero” (2005: 86).

[4] Sobre la lógica oposicional entre el imperativo categórico (Kant) y la hospitalidad como ley incondicional (Derrida) estoy realizando una investigación titulada “Los límites de la hospitalidad”; de tal suerte no ahondaré más en este tema.

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Datos de la autora

Además de sus responsabilidades de enseñanza de filosofía en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), Rodríguez también coordina el grupo de investigación de Estudios Fronterizos. Obtuvo su doctorado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona ( UAB) y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores ( SNI- CONACYT). Ha publicado diferentes artículos, capítulos y dos libros: Alegoría de la frontera México-Estados Unidos: Análisis comparativo de dos literaturas colindantes (Eón, México, 2013 ); Cultura e identidad en la región Fronteriza México-Estados Unidos: Inmediaciones Entre la comunidad mexicoamericana y la comunidad Fronteriza (Eón , México, 2013 ).

Blog: http://roxanarodriguezortiz.com

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