El derecho de nacer

Jorge Durand

Si un extranjero tiene un hijo en Estados Unidos o en México el niño será estadunidense o mexicano, pero si nace en Francia no será nacional de ese país, tampoco en Bélgica, Suiza y muchos otros países europeos que han cambiado su legislación. Tradicionalmente, se reconocían dos tipos de derechos de ciudadanía al nacer: el de suelo, conocido técnicamente como ius soli y el de sangre o ius sanguinis; es el caso de México y Estados Unidos y muchos otros países del orbe.

El cambio se dio porque los países receptores de inmigrantes no quieren que gentes de otros lugares, otras etnias y costumbres adquieran fácilmente la nacionalidad. Es una medida en el fondo racista, que se esconde en el derecho de cada país a legislar sobre quién se considera miembro de la nación y a la supuesta necesidad de conservar la identidad nacional y la cultura.

No obstante, hay mucha casuística en el tema y cada país puede poner normas diferentes. Por ejemplo, en la España franquista, el derecho de sangre estaba limitado sólo a los hombres: ellos podían dar la nacionalidad a sus hijos, pero no las mujeres. Una española casada con un mexicano no le otorgaba la nacionalidad española al hijo. Esa discriminación de género cambió cuando llegó la democracia. Y también fue un acuerdo de Naciones Unidas de 1979 para eliminar la discriminación de género en cuanto a nacionalidad.

El caso más extremo era el de Alemania, que desde los tiempos de Bismark tenían dos tipos de nacionalidades: los alemanes puros que demostraban tener la raza aria y los nacidos en el territorio que no eran arios o que provenían de matrimonios mixtos con otras nacionalidades o razas.

Sin embargo, esta decisión de los alemanes, no pasó la prueba de la historia, porque después de la Segunda Guerra Mundial, invitaron a muchos turcos a trabajar en la reconstrucción del país y se quedaron hasta la actualidad. Los hijos, nietos y bisnietos de los inmigrantes, que siempre habían vivido en Alemania, sólo sabían hablar alemán y estaban completamente socializados en ese país, pero no tenían derecho a la nacionalidad: era un absurdo, en realidad eran apátridas, porque ya no podían reintegrarse a Turquía aunque tuvieran el pasaporte del país de sus ancestros siendo culturalmente germanos.

Finalmente Alemania ha tenido que ceder y ahora estos hijos y nietos de inmigrantes pueden acceder a la nacionalidad a partir de los 18 años. En efecto, la opción por el derecho de sangre que muchos países vieron como la solución perfecta, puede tener muchas complicaciones.

Es el caso de España, Italia, Irlanda o Grecia, que también optaron por este derecho, ahora se ha generado un problema adicional. Al cerrarse las puertas a la inmigración, solicitando visas y muchos requisitos, los hijos y nietos de españoles repartidos por el mundo, han empezado a recuperar la nacionalidad de sus ancestros. Y son ya cerca de un millón de españoles, por derecho de sangre, que nacieron y viven fuera y muchos de los cuales ni siquiera conocen el país.

Lo que es paradójico es que los que nacieron y viven en España, están molestos con esta situación, porque dicen que los españoles de ultramar, sólo quieren ser españoles para conseguir pasaporte europeo, encontrar trabajo o atenderse gratis en la seguridad social. Y les reclaman, con razón, que ellos no estarían dispuestos a dar su vida por España, obviamente. Pero, ese argumento tiene que ver con el derecho de suelo, donde uno vive y se socializa, se identifica con el país que lo vio nacer y es en la escuela primaria donde se aprenden las bases fundamentales de la ideología nacionalista. En España hay cerca de 400 mil personas que han nacido ahí y que son residentes, pero son considerados extranjeros.

El derecho de sangre te otorga la nacionalidad, pero no te puede aportar la cultura, que finalmente está íntimamente ligada a la identidad, a sentirte parte de un colectivo, de un país, de una nación. Es el caso de los japoneses que fueron a Brasil y Perú a fines del siglo XIX a trabajar en la agricultura. En los ochentas del siglo XX, sus hijos y nietos fueron invitados a trabajar en Japón y recuperar su nacionalidad. Muchos lo hicieron, hay cerca de 300 mil brasileños-japoneses trabajando en Japón y unos 100 mil peruanos. La mayoría recuperaron la nacionalidad, pero no se pueden integrar al país: tienen apellido japonés, rasgos raciales japoneses, conocen el idioma, pero culturalmente son distintos.

Lo que más les choca a los japoneses de los que vienen del Brasil, es que tienen otra manera de concebir y utilizar el cuerpo. La cultura japonesa se esfuerza por ocultar las formas, especialmente las mujeres: los brasileños todo lo contrario. Unos son recatados y otros desinhibidos; unos se esfuerzan por encubrir, los otros por exhibir. Tan es así que los brasileños-japoneses importan ropa de Brasil, porque no se sienten cómodos con la que pueden comprar en Japón.

La cultura no se hereda, se mama en la tierra donde uno nació o vivió en los años de formación de su persona; se nutre de la escuela y los medios de comunicación; del lenguaje de la calle; de los amigos y compañeros del barrio. Los hijos de inmigrantes que nacieron en el país de destino, o que llegaron muy pequeños, pertenecen a ese país, sus padres son los foráneos que deben adaptarse, ellos ya son parte del medio. También se pueden adaptar los que llegaron de muy pequeños, menores de 10 o 12 años y que se conocen como la generación 1.5.

La respuesta legal de los países emisores de migrantes, como México, ha sido la de contrarrestar los posibles efectos nocivos de estos cambios y reconocer los derechos de su gente a adquirir otra nacionalidad, sin perder la propia. Así como los países ricos optan sólo por el derecho de sangre, los países emisores de migrantes han optado por introducir leyes de la No pérdida de la nacionalidad. Esto significa que la nacionalidad de origen es irrenunciable.

Esto ha dado pie a un cambio total de lógica en cuanto al concepto de nacionalidad, que ya no es un principio unívoco. Ahora el que tiene más nacionalidades, tiene mayores ventajas y oportunidades (de movilidad, laborales, educativas, etcétera). No hay límites para ello, porque son derechos soberanos y adquiridos por la persona, y así se pueden tener dos, tres, cuatro o más nacionalidades.

Original obtenido de: http://www.jornada.unam.mx/2012/10/07/opinion/020a1pol

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