DESDE LA FRONTERA NORTE / Los que pagan cuota de muerte

DESDE LA FRONTERA NORTE / Los que pagan cuota de muerte

Jorge A. Bustamante
Reforma
28 de septiembre de 2011

La semana antepasada llegó a la frontera con Guatemala la “Caravana al Sur” encabezada por el poeta Javier Sicilia. Un grupo de migrantes guatemaltecos le dieron la bienvenida. A ellos les dijo: “Venimos a decirles a los hermanos del sur que nos perdonen por no haber levantado la voz antes, por no haber tenido la fuerza necesaria para detener antes el dolor”. Ahí mismo corrigieron al poeta aclarándole: que el dolor no se ha detenido. El padre Ademar Barilli de la Congregación de los Scalabrini, quienes han hecho historia en las dos fronteras de México por su labor en favor de los derechos humanos de los migrantes, dijo a los de la Caravana: “este año, el número de muertes de guatemaltecos se duplicó hasta llegar a más de 350, casi uno por día” (véase: la nota publicada el 15 de septiembre de Daniela Rea en Reforma). Esa cuota de muertes es la que pagan los migrantes por su esfuerzo de llegar a la frontera norte después de cruzar el país desde la frontera sur, para llegar a Estados Unidos. Solo indignación provocan esos datos ante la invitación que ha hecho el presidente Calderón para que los extranjeros visiten México. Me pregunto, cómo es que no le da vergüenza hacer esa invitación, cuando su gobierno no ha hecho nada efectivo para evitar que los extranjeros provenientes de Centroamérica estén literalmente muriendo por entrar a nuestro país. Yo he venido haciendo la denuncia de que en este gobierno de Felipe Calderón hemos alcanzado el triste campeonato mundial en el número de violaciones a los derechos humanos de los inmigrantes en México. No hay otro país en el mundo donde se cometa un mayor número de esas violaciones, si contabilizamos los cadáveres de inmigrantes que se han encontrado en diferentes partes del país, solo en este año (de los cuales ha dado cuenta la Comisión Nacional de Derechos Humanos), y damos por cierto que detrás de cada cadáver hay más de una violación a los derechos humanos de quienes entraron vivos a México. Bien por las palabras del poeta Sicilia en la frontera sur, pero qué cortos nos quedamos el resto de los mexicanos ante la tragedia contra los guatemaltecos de la cual habla el padre Barilli en la nota citada, sobre lo cual la mayoría de nosotros solo guardamos silencio. Varias voces de inmigrantes se escucharon en la Caravana. El excelente trabajo periodístico de Daniela Rea, de Reforma, nos dio cuenta del relato “atropellado por el llanto” ante los miembros de la Caravana al Sur, de parte de la hondureña Dalila Meléndez, referente a los abusos de polleros “vinculados a los zetas” y “al intento de violación cometido por un coyote” de la que fue víctima -los entrecomillados son citas de la nota de Daniela Rea-, a lo cual están expuestas todas las mujeres inmigrantes centroamericanas. Lo peor de lo anterior es que esos abusos siguen siendo cometidos en territorio mexicano mientras se lee este texto. El poeta Sicilia ha crecido en mi admiración por haber liderado esa “Caravana al Sur” que de alguna manera nos rescata parcialmente a los mexicanos del juicio de la historia sobre la apatía, de la cual seremos justificadamente acusados ante la conciencia y la memoria del género humano, como una sociedad civil pasmada ante la ineptitud de nuestro gobierno frente al sufrimiento que les estamos causando con nuestra corrupción y con la impunidad con la que se violan los derechos humanos de quienes entran a México con la idea de llegar vivos a Estados Unidos. Cada vez que hago esta autocrítica, no falta alguien que me reclame que no la haga extensiva hacia la extensa población mexicana que es también víctima de iguales abusos que los que se cometen contra los centroamericanos en México. Este reclamo es tan falaz como aquel que exige que se mencione a todos los desamparados del mundo como condición para hacer valedera una denuncia de quienes victiman a solo una fracción de ese total. Me resisto a que tal falacia acabe diluyendo cualquiera que sea el grado de solidaridad o de indignación que pudieran producir mis referencias a los hechos que configuran una de las mayores injusticias que, como sociedad civil, estamos cometiendo con nuestra apatía, los mexicanos de este siglo.

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